Para los amigos de Punto de Vista (1978-2008)
Abstract
En este artículo se analiza el Proyecto de 1895 y sus relaciones con la obra freudiana,
a partir de la idea de que en todo proceso de producción intelectual hay un momento
crítico en el cual la obra adquiere, por así decirlo, voluntad propia y exige al autor que
la complete según una ley que ella misma dicta.
Palabras clave: trauma, deseo, aparato psíquico, Proyecto del 95, pulsión de vida,
pulsión de muerte.
Consideraciones preliminares
En el otoño de 1895 Freud redactó un manuscrito hoy conocido como Proyecto
de una psicología y se lo envió Wilhem Fliess. En esa misma época publicó, en
colaboración con Joseph Breuer, los Estudios sobre la histeria1. Entre ambos textos hay
una notoria tensión: estos se orientan claramente hacia la psicopatología y la clínica,
representada sobre todo por las histéricas que Freud estudiaba; aquél es un intento
teórico para explicar el origen y la estructura del psiquismo humano.
El Proyecto puede definirse como un ingenio a caballo entre dos mundos:
naturaleza y cultura. Por ello la definición de las fronteras desempeña allí un papel
decisivo. Basta releerlo a la luz de esta consideración para ver cómo, a lo largo de su
desarrollo, Freud pone en ejercicio operadores de discontinuidad para marcar límites
siempre lábiles, siempre sujetos a un tránsito perpetuo.
En ningún otro de sus escritos, con excepción de Más allá del principio de
placer, se muestra Freud tan libre en su especulación y tan audaz en llevarla hasta sus
últimas consecuencias: el resultado es una suerte de aparato neuropsíquico, donde lo
psicológico convive con el sistema nervioso, tal como se lo conocía en la época. Al
concluir su redacción, Freud estaba en un estado de enorme excitación, de gran
1 Breuer, Joseph y Freud, Sigmund (1895), Studien über Hysterie, Estudios sobre la
histeria, O.C., II, traducción de José L. Etcheverry (Amorrortu editores, Buenos Aires,
1976).
2
entusiasmo. Sin embargo, poco tiempo después lo consideró un galimatías y se deshizo
de él. Mejor dicho, creyó deshacerse.
Mi propósito aquí no es mostrar el entramado conceptual de ese escrito, ni el
modo en que fue recuperado y publicado en 1950, sino las complejas vicisitudes de la
relación entre Freud y su manuscrito, a partir de la publicación, en 1920, de Más allá
del principio de placer.
En un interesante artículo sobre la noción de creatividad2, el psicólogo cultural
Jerome Bruner sostiene que en todo proceso de producción intelectual hay un momento
crítico en el cual la obra adquiere, por así decirlo, voluntad propia y exige al autor que
la complete según una ley que ella misma dicta. Lo que Bruner sugiere es, en cierto
modo, una colisión entre la materia y la forma. O, mejor dicho, entre el inmenso
potencial del sujeto y la exigencia de definir o acotar ese potencial en formas
determinadas, que el mismo objeto, en su devenir, plantea. Bruner considera que en este
enfrentamiento el sujeto se somete gustoso a las exigencias del objeto.
La idea de Bruner es muy sugerente. Sin embargo, su visión es demasiado
optimista. Que el objeto plantee sus exigencias parece el punto fuerte de la
argumentación, ya que supone poner límites al incesante bullir de las ideas del sujeto.
Para que un proceso creativo concluya, debe haber un triunfo, aunque sea momentáneo,
de la forma sobre la materia. Pero que la admisión de esos límites sea vivida con
entusiasmo sólo me parece parcialmente cierto. Sospecho que, la mayoría de las veces,
hay lucha; y, en algunos casos, de singular violencia.
En esta perspectiva, las tempestuosas relaciones entre Sigmund Freud y su
manuscrito de 1895 son una ilustración interesante, tal vez ejemplar, de la idea de
Bruner y también de esa violencia que él no tomó en consideración.
El Proyecto nunca fue publicado por Freud. Es más, ni siquiera le dio nombre,
ya que este título fue añadido por los editores. Quedó así en esa zona intermedia entre la
2 Bruner, Jerome, “The Conditions of Creativity”, en Bruner, Jerome, On Knowing.
Essays for the Left Hand (Harvard University Press, USA, 1962). Jerome Bruner es
profesor de psicología y director del Center for Cognitive Studies de la Harvard
University.
3
masa de ideas de las cuales nació y las formas definidas que nunca llegaron a ser tales,
como ocurre con los manuscritos que quedan inéditos3
.
Esas razones, no obstante, no serían suficientes para explicar las apasionadas
relaciones entre Freud y su manuscrito. Lo que lo hace ejemplar, a este respecto, es una
cuestión de naturaleza histórica: ¿cuándo comienza, en sentido estricto, el psicoanálisis?
Según la concepción clásica, comienza con La interpretación de los sueños (1900).
Desde esta perspectiva, con los escritos de la Metapsicología (1915), el edifico del
psicoanálisis se completó y se asentó en fundamentos sólidos. Cinco años después, en
1920, se produjo un verdadero estallido, que cambió no sólo el cuerpo doctrinal
psicoanalítico, sino los fundamentos mismos en los cuales éste reposaba.
Toda fundación supone cierto grado de violencia, de transgresión, ya que
implica crear un nuevo ámbito y delimitarlo. Por ello mismo, se puede decir que la
fundación es transgresora. Cuando Freud redactó, en 1920, Más allá del principio de
placer, no lo hizo como simple reordenamiento de la teoría. Ese texto significó una
nueva fundación del psicoanálisis. Además, y esto es de importancia capital, Freud
quiso que esa nueva fundación fuese, por un movimiento recurrente, la fundación
originaria. En tales condiciones, la violencia no puede sino ser de enorme intensidad.
Arquitectura del Proyecto
El texto, rescatado y publicado en 1950, está dividido en tres partes. La primera
y principal —el Plan general— consiste en el progresivo despliegue del aparato
neuropsíquico a través de veintiún apartados, cuya sucesiva aparición muestra la
naturaleza mixta del ingenio. Los cinco primeros no parecen salirse para nada del
sustrato biológico. Sin embargo, tanto el problema de lo cuantitativo como la teoría
3 Hay dos versiones de la correspondencia Freud-Fliess y ambas incluyen el Proyecto.
La primera fue publicada en 1950, bajo la dirección de Ernst Kris, Anna Freud y Marie
Bonaparte, con el título de Aus den Anfängen der Psychoanalyse (Londres, 1950) y fue
traducida al castellano por Ludovico Rosenthal, primero (Sigmund Freud, O.C.,
Santiago Rueda, Buenos Aires, 1956, tomo XXII) y por José L. Etcheverry (Sigmund
Freud, O.C. Amorrortu editores, Buenos aires, 1976, tomo I). He tenido a la vista el
texto alemán y las dos traducciones, así como el prólogo de James Strachey que figura
en la Standard Edition y que Etcheverry incorpora en su traducción. En casi todas las
citas he seguido la versión de Rosenthal.
4
neuronal son ya territorio fronterizo entre los datos de la experiencia y la imaginación
que los dota de propiedades completamente nuevas. Casi en seguida aparece un
concepto clave: el de las barreras-contacto, que introduce una función de capital
importancia: la memoria. Ya aquí está presente la noción, todavía nebulosa, de lo
traumático, sobre todo en la base del modo de operar de las barreras-contacto.
Con la idea de frontera entra en escena, como su primer acompañante, un
personaje de perfiles definidos: el dolor. Casi en seguida, la consciencia; y con ella la
subjetividad y sus consecuencias. Sólo entonces llega la explicación de cómo funciona
el aparato, cuya primera tarea es amortiguar la violencia del mundo circundante. En un
interludio Freud propone buscar la interpenetración de lo psíquico y lo biológico; no por
casualidad en ese interludio aparecen los conceptos de deseo y represión. Después
aquella violencia se traslada, aunque ya amortiguada, al interior del ingenio, con la
aparición de un factor clave, que hará de garante ante los peligros de nuevos traumas: el
yo.
Con la introducción del yo, aparece la diferencia entre procesos primarios y
procesos secundarios. Son estos últimos los que hacen posible el juicio de realidad y el
pensar en sus diversos modos. Los procesos primarios, en cambio, remiten como
paradigma al sueño, incluida la consciencia que de nuestros sueños poseemos. Con esa
consciencia onírica concluye el plan general.
¿Qué idea preside y gobierna el texto? A mi juicio, la del trauma. Esta noción
aparece casi desde el principio y se reitera con el análisis de las funciones del yo. En la
segunda parte, el trauma, como proceso póstumo, se encuentra en el centro del análisis
de las histéricas. En la última parte lo traumático es la secuela del doloroso proceso que
supone el crecer de la psique.
Correlativamente, lo defensivo ocupa un lugar central, mientras la sexualidad y
el deseo están en un segundo plano. Cierto que no se había dado nombre todavía a las
pulsiones, tal vez porque ellas son, precisamente, lo innombrable en un manuscrito
donde el centro temático es un choque colosal de fuerzas. De ahí la importancia de que
el principio de placer quede subordinado aquí al efecto inhibitorio del yo (figura ausente
en los traumas más tempranos), como condición para que pueda reinar ese principio y
expresarse el deseo.
El predominio de la defensa frente al cuerpo y al mundo es una manera de
explicar el surgimiento del aparato y su manera de funcionar. Pues si se pasa del análisis
de los detalles conceptuales al conjunto del manuscrito, éste aparece con una luz nueva.
5
El trauma no es el resultado de ciertas situaciones displacenteras, sino que está en el
origen mismo del aparato. Basta para comprobarlo con pensar que sólo con energía
puede aquél funcionar.
Ahora bien, ¿de dónde proviene esa energía si no es del cuerpo y el mundo? Al
mismo tiempo, ¿cómo puede sobrevivir el aparato si no es defendiéndose del exceso de
los flujos energéticos? En suma, las mismas fuerzas de las que el ingenio nace son las
que pueden hacerlo perecer. En el punto de inicio la acción de esas fuerzas, cuya
violencia no podría sobreestimarse, crea un cierto espacio para que el aparato surja y lo
dota de una determinada energía, al mismo tiempo que lo somete a la violencia de
fuerzas de mucha mayor intensidad. La primer tarea del aparato será, pues, cerrar la
herida, dominar el trauma. Recién entonces llegará el momento de vivir y desear.
La gestación
El 27 de abril de 1895 el Proyecto aparece mencionado por primera vez. Freud
le cuenta Fliess que su “Psicología para neurólogos” consume por completo su tiempo.
Un mes después aporta una clave importante: “un hombre como yo no puede vivir […]
sin una pasión dominante, sin un tirano, para decirlo con las palabras de Schiller”. Ese
tirano no es otro que la psicología de los procesos normales cuando son sometidos al
enfoque económico; es decir, cuando se combina lo cualitativo con lo cuantitativo. Aquí
está clara la confluencia entre energética y hermenéutica o, si se prefiere, entre fuerza y
sentido, los dos carriles sobre los que discurre el pensamiento freudiano desde el
principio.
El 6 de junio la construcción del aparato parece prometedora. Sin embargo,
Freud no quiere todavía enviarle nada a su interlocutor, porque eso sería como “mandar
al baile a un feto femenino de seis meses” (sic). Que Freud utilice el símil de lo fetal es
comprensible, pero, ¿por qué femenino? Este asunto lleva muy lejos, ya que liga las dos
vertientes que atormentan su talante y que son también los modos límite de los que
dispone nuestra cultura para pensar sus fundamentos. Esas dos vertientes corresponden
a dos oposiciones, ambas asimétricas: vida/muerte, hombre/mujer. El asunto merece una
digresión.
Ariel o la transformación
6
En la primera línea del último parágrafo de Tótem y tabú (1913)4, Freud declara:
“Un proceso como la eliminación del padre primordial por la banda de hermanos no
podía menos que dejar huellas imperecederas en la historia de la humanidad y
procurarse expresión en formaciones sustitutivas tanto más numerosas cuanto menos es-
taba destinado a ser recordado él mismo”. Siguiendo sus peculiares estrategias de
autorización, el autor se vale de unos versos de Shakespeare en nota al pie5:
«A cinco brazas plenas yace tu padre;
coral se ha hecho de sus huesos;
perlas son lo que sus ojos fueron:
todo lo que en él decae
sufre una conversión marina
en algo extraño y rico».6
Es Ariel, espíritu del aire, el que habla en La tempestad. ¿Y qué tempestad
mayor que la que acabó con la vida del padre originario en la violencia tremenda del
acto fundador? De ese padre, Ariel revela una prodigiosa transformación, “una
conversión marina/en algo extraño y rico”. Y lo más extraño, lo más rico, lo más oculto
también, es para Freud el continente oscuro: lo femenino, la mujer.
La cita de Shakespeare, como procedimiento de autorización, arroja un resultado
sorprendente: el padre muerto, mejor aún, el padre póstumo, se transforma en algo
exquisitamente femenino; como si en el remoto fondo de los mares lo aguardara ese
destino; dejar de ser el Dios de las alturas, para convertirse en la Diosa que habita los
abismos de la Historia.
Fiat Lux
En la misma carta en la que Freud compara el estado de su texto con un feto
femenino, anota: “La “defensa” ha dado un importante paso adelante, del cual
4 Freud, Sigmund, Totem und Tabu (1913), Tótem y tabú, en O.C., XIII, traducción de
José L. Etcheverry (Amorrortu editores, Buenos Aires, 1976).
5 Op. cit., p. 156.
6 Shakespeare, William, The Tempest, La tempestad (acto I, escena II, 399), edición del
Instituto Shakespeare (Cátedra, Madrid, 1994).
7
próximamente te rendiré cuentas…”. Me interesa destacar el entrecomillado, que
sugiere una cierta ironía, como si Freud dijera que ese paso es el paso todavía incipiente
de su danzarina de seis meses. Entonces, esa defensa entre comillas no es lo que
después será: defensa específica ante un deseo reprimido, sino que su carácter es difuso
y global, como si, prosiguiendo el símil embriológico que Freud utiliza, dijéramos que
cumple una función parecida a la placenta. Se trataría de que el feto (que es quien la
crea) sea reconocido como tal en su singularidad y en sus límites, sin perder por eso el
derecho al intercambio con quien lo está gestando. Por eso mismo, el 6 de agosto Freud
le escribe Fliess que ha comprendido el enigma de esa defensa a la luz de su naciente
proyecto, como pieza central de su nueva psicología. “Se trata –dice- de una concepción
osada pero hermosa”.
Sin embargo, diez días después el desaliento lo invade. Esa novedad sensacional
que anunciaba, “ϕψω”, como lo llama a veces —a medias con cariño, a medias con
recelo—, presenta crecientes dificultades, tal vez porque, a medida que avanza la
gestación, la criatura le plantea exigencias que él siente inalcanzables. Y ya que no
puede llegar a la cumbre, decide dejar el Proyecto de lado. Pero no es cierto; lo sigue
inquietando.
A fines de septiembre Freud comienza una breve síntesis de su ϕψω mientras
viaja de regreso a Viena. Ya en su ciudad redacta dos cuadernos y trabaja en un tercero
dedicado a la represión. Lo atenazan reservas y dudas y lo asaltan toda clase de
dificultades.
A comienzos de octubre oscila entre el abandono de la empresa y la esperanza
exaltada. Entonces, en medio de una noche febril y dolorosa, que él considera la
condición óptima para su actividad intelectual, se produce el milagro: “Las barreras se
levantaron de pronto, los velos cayeron y mi mirada pudo penetrar de golpe desde los
detalles de las neurosis hasta las condiciones mismas de la consciencia”. Es el veinte de
octubre de 1895.
Cual un nuevo Pygmalion, Freud asiste al nacimiento de su Galatea: “Todo
parecía encajar en el lugar correspondiente; los engranajes ajustaban a la perfección y el
conjunto semejaba realmente una máquina que de un instante al otro podríase echar a
andar sola”. “¡Es natural —añade— que apenas pueda contenerme de alegría!”.
Y sin embargo, persiste una sombra; de temor, o acaso de duda. ¿No se habrá
apresurado? El Proyecto formaba parte de la relación que Freud estableció con Fliess.
8
Una relación entre dos hombres que giraban alrededor de la creación de un aparato
teórico. De ahí el extraño mensaje que Freud envía a su partenaire, tan pronto la
criatura ha nacido: “Si hubiese esperado dos semanas más para comunicarte todo esto,
habría resultado mucho más claro, pero fue sólo en el intento de anotarlo para
comunicártelo que el asunto se me aclaró por completo; así, tenía que ser de este modo
o de ningún modo […] Lo lamentable es que ahora ya no tendré mucho tiempo para
darle una redacción ordenada […] Con sólo cuarenta y ocho horas que pudiésemos
conversar sobre este asunto, es probable que lograríamos darlo por terminado; pero
estoy deseando lo imposible”.
Añade una cita que, no por casualidad, retomará, un cuarto de siglo después,
como cierre y conclusión de Más allá del principio de placer7:
“A donde no se llega volando,
hay que llegar cojeando…
Las Escrituras lo dicen:
no es pecado cojear .”8
Todo el pasaje está cargado de pasión amorosa sobre un fondo de muerte. Tras
el anhelo imperioso: “tenia que ser de este modo o de ningún modo”, se adivina el
trauma: “estoy soñando lo imposible”. Y si aún quedaran dudas de lo que está en juego,
basta con leer la última frase de esa carta decisiva: “¡Espero que no pongas objeciones a
que llame “Wilhem” a mi próximo hijo! Si él resulta una hija, ella se llamará Anna”.
Como se sabe, él fue ella.
Tragedia
A principios de noviembre de 1895, dos líneas enigmáticas: “Aún me aguarda
una ardua labor en los últimos actos de la tragedia”. ¿De qué tragedia se trata? Una carta
7 Freud, Sigmund, Jenseits des Lustprinzips (1920), Más allá del principio de placer, en
O.C., XVIII, traducción castellana de José L. Etcheverry (Amorrotu editores, Buenos
Aires, 1976).
8 “Was man nicht erfliegen kann, muss man erhinken, … Die Schrift sagt, es ist keine
Sunde zu hinken.”. Son los últimos versos de «Die beiden Gulden», versión alemana de
uno de los Mucamas (cuadros literarios) de Abu Hariri (escritor y filólogo árabe),
efectuada por Friedrich Rückert.
9
enviada seis días después lo aclara: “Me rebelé contra mi tirano, sintiéndome agotado,
irritado, confuso e incapaz de dominar el asunto. Entonces lo arrojé todo a un lado”.
11 de noviembre: “Ya no atino a comprender mi propio estado de ánimo cuando
me hallaba dedicado a incubar la psicología; ya no puedo comprender cómo fui capaz
de enjaretarte ese embrollo […] a mí me parece una especie de aberración mental”.
La tragedia ha llegado a su clímax. Se trata de un conflicto producido por la
colisión de exigencias contrapuestas entre las que el creador del psicoanálisis debe
escoger. Por un lado están las histéricas, por el otro el manuscrito sin nombre. Éstas le
piden que descifre sus deseos; aquél que busque en el trauma el misterio de cómo se
llega a desear. O una cosa o la otra. Colisión de lealtades.
Freud entonces decidió, con mano enérgica, liberarse del yugo del “tirano” para
volver a su sillón y escucharlas a ellas. Quería hallar, en la materia de los sueños, la
clave del deseo. El manuscrito, en cambio, exigía que se respondiera a una cuestión
previa: ¿cómo se llega a desear?
Antes de liquidar la historia, el primero de enero de 1896, Freud le escribe a su
interlocutor una extensa carta que, en su mayor parte, es una nueva exposición de su
“tirano”. A partir de entonces “ϕψω” no volverá a aparecer hasta ser encontrado, mucho
tiempo después, entre los papeles póstumos de Fliess. El pormenor de las vicisitudes del
manuscrito y la correspondencia son de por sí muy interesantes. Pero hay también una
historia secreta: la de las relaciones del texto sin título con la fase final de la teoría
freudiana. Algo que muy bien podemos llamar proceso póstumo.
El retorno
A principios de 1896 el conflicto de lealtades parece definitivamente resuelto. El
autoanálisis y los sueños, propios y ajenos, le darán a Freud la clave para construir el
nuevo modelo del psiquismo, el del capítulo final (“Psicología de los procesos
oníricos”) de La interpretación de los sueños9. Aquí los deseos son la brújula del alma
El primero de enero de 1896, junto a la carta donde se alude por última vez al
Proyecto, Freud le envía a Fliess un manuscrito titulado: Las neurosis de defensa (Un
9 Freud, Sigmund, Die Traumdeutung (1900), La interpretación de los sueños, en O.C.,
IV-V, traducción castellana de José L. Etcheverry (Amorrotu editores, Buenos Aires,
1976).
10
cuento de Navidad), donde insiste, a propósito de la histeria, en la importancia de las
ideas fronterizas. Me interesa destacar esa insistencia, ya que “ϕψω” (el proyecto
abandonado) era un ser fronterizo entre el cuerpo y el alma, entre el mundo y la psique;
y por eso mismo era algo capaz de atravesar todas las fronteras. De ahí su carácter
problemático y la necesidad de eliminarlo para que pudiera fundarse el psicoanálisis
como espacio con límites claramente reconocibles.
Según se dice, Freud, salvo raras excepciones, no conservaba manuscritos; o los
publicaba o los destruía. Así, el Proyecto fue entregado al fuego purificador y sus
cenizas, como en El innombrable, de Samuel Beckett, fueron polvo de verbo, sin suelo
en el que posarse, sin cielo en el que disiparse. Durante veinticinco años.
Entonces, la idea de una pulsión de muerte comienza a germinar, hasta que,
según confesará Freud en El malestar en la cultura10, se le impuso de tal manera que ya
no pudo sino aceptarla y obedecer su implacable corolario: la existencia de un más allá
del principio de placer que es, al mismo tiempo, aunque no en el mismo tiempo, el más
acá del trauma como fundamento y origen del deseo. El resultado de esa imposición,
que no fue aceptada, como veremos luego, sin su aspecto agónico, surge del retorno,
diabólico en cierto sentido, de una renovada Galatea. No en vano en el texto que
testimonia de los frutos de ese retorno, Freud se presenta como advocatus diaboli: “Es
plenamente lícito entregarse a una argumentación, perseguirla hasta donde lleve, sólo
por curiosidad científica o, si se quiere, como un advocatus diaboli que no por eso ha
entregado su alma al diablo.”11
.
Los frutos del retorno
Michel de Certeau ha señalado que Freud, en los momentos cruciales de sus
exposiciones, no autoriza su concepción por pruebas, sino por citas que dan forma a su
pensamiento. Esas citas son de poetas o escritores, no de investigadores o científicos.
En Moisés y la religión monoteísta12 hay un ejemplo particularmente ilustrativo que
10 Freud, Sigmund, Das Unbehagen in der Kultur (1930), El malestar en la cultura, en
O.C., XXI, traducción castellana de José L. Etcheverry (Amorrotu editores, Buenos
Aires, 1976), p. 115.
11 Más allá del principio de placer, p. 57
12 Freud, Sigmund, Der Mann Moses und die monotheistiscbe Religion (1939), Moisés y
la religión monoteísta, en O.C., XXIII, traducción de José L. Etcheverry (Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1976).
11
pone de manifiesto otro rasgo importante: lo que De Certeau llama “la complicidad
entre el psicoanalista y el poeta”.
En ese escrito Freud retoma el tema del asesinato del padre como condición de
su retorno inmortal y lo vincula a su repetición en el asesinato de Moisés y en la
crucifixión de Cristo. En ese punto se autoriza en Friedrich Schiller: “A uno le viene a
la memoria la sentencia del poeta: «Lo que está destinado a una vida inmortal en el
canto, tiene que sucumbir en la vida». (Schiller, «Die Götter Griechenlands» {Los
dioses de Grecia}.)”
Con mucha agudeza, Michel de Certeau señala: “El poema schilleriano dice lo
que es el poema (en este sentido es metadiscursivo: la relación de la muerte de los
dioses al nacimiento de lo inmemorial dice la relación que la desaparición de lo
referencial mantiene con la producción de todo poema). Su cita por el discurso
freudiano consiste para éste en hacer, o en devenir, lo que él dice (en este sentido, es
performativo). La escritura freudiana hace lo que dice”13
.
En pasajes críticos Freud se autoriza así en la voluntad poética y, conforme a
ello, en ocasiones su escritura adquiere un carácter performativo, en el sentido de
Austin: hacer cosas con palabras14. Esa característica adquirió, en Más allá del
principio de placer, un alcance decisivo, hasta el punto que puede decirse que abarca el
texto entero. Ya en el título mismo, efectivamente, Freud hace lo que dice: avanza más
allá del principio de placer, para internarse, como un nuevo Dante, en una selva oscura.
Sólo que allí no encontrará a Virgilio, sino a su Galatea.
A lo largo de los tres primeros apartados del texto, Freud procedió a demoler las
bases del viejo orden, gobernado por el imperio del principio de placer y el papel del
deseo como guía de los procesos anímicos. Tras esa labor de demolición se sitúa el
célebre inicio del apartado cuarto: “lo que sigue es especulación, a menudo de largo
vuelo, que cada cual estimará o desdeñará de acuerdo con su posición subjetiva”. Con
13 Michel de Certeau, Histoire et psychanalyse (París, Gallimard, 1987), cap. VI, p. 139
(mi traducción).
14 Austin, John, How to do things with words (1962), Como hacer cosas con palabras,
traducción de Genaro R. Carrió y Eduardo A. Rabossi (Paidós, Barcelona, 1990).
12
esa frase Galatea se pone en movimiento. Estamos en ese punto en el que algo muere,
algo nace y algo resucita.
Lo inconsciente siempre fue presentado por Freud como un mundo subterráneo,
cuyo lecho parecía haber alcanzado con la primera tópica, con el imperio irrestricto del
principio de placer y el carácter fundante del deseo. Ahora, en 1920, Freud parece dudar
de la firmeza de esa base y busca otra, aún más profunda. Propone su nueva teoría de las
pulsiones en clave mitológica: Eros y Thanatos, pulsión de vida y pulsión de muerte.
Esa teoría supone un cambio radical en lo que al fundamento se refiere; el deseo se
eclipsa ante el trauma. Es la respuesta, tanto tiempo diferida, a la crucial pregunta de
1895: ¿cómo se llega a desear?
La refundación de 1920 anuló la de 1900. En cambio, se alimenta de fuentes más
antiguas. Este segundo comienzo es, en realidad, anterior al primero, ya que retorna,
finalmente, el manuscrito sin nombre, el Proyecto de 1895. Freud lo dice con claridad
al concluir el apartado II de Más allá del principio de placer, al mismo tiempo que
afirma el primado del trauma: “Existen tendencias situadas más allá del principio de
placer, vale decir, tendencias que serían más originarias que ese principio e
independientes de él”. A su vez, el siguiente apartado comienza diciendo: “Veinticinco
años de trabajo intenso…”15
No hay duda de que en estas frases reaparece el Proyecto. Por tres razones. La
primera es la estricta referencia cronológica: entre la redacción del Proyecto y la de Más
allá del principio de placer median esos “veinticinco años”. La segunda es de
naturaleza conceptual: la clave central de ambos textos es el trauma y sus
consecuencias. La tercera concierne a la tesis de Bruner: si se lee con atención el curso
de la especulación freudiana, se observa que Freud avanza muy lentamente, como si
estuviera luchando con alguien o con algo. Algo que se impone con creciente poder.
Ese poder está retóricamente presente en Más allá del principio de placer. Tanto
en la morosidad de la exposición como en la contundencia con que cristaliza su mito
acerca del origen de la vida, contraparte femenina del mito de 1913: “En algún
momento, la acción de una fuerza todavía inconcebible suscitó-despertó en la materia
inanimada las propiedades de la vida”16. Y sobre todo, está presente en la cita con la que
15 Más allá del principio de placer, pp. 17-18.
16 Más allá del principio de placer, p. 38 (mi traducción).
13
concluye el ensayo —“A donde no se llega volando,/hay que llegar cojeando…/Las
Escrituras lo dicen:/no es pecado cojear.” —, la misma que utilizó en la carta donde le
contaba a Fliess el milagro de aquella noche febril en la que se levantaron las barreras y
los velos cayeron.
Una línea omitida
Es interesante destacar que en la cita señalada, Freud, por razones desconocidas,
omite una línea: “Es mucho mejor cojear, que hundirse del todo” (“Viel besser ist
hinken, als vollig zu sinken”). Arriesgaré una conjetura: la línea fue omitida porque,
precisamente, la tarea que le aguardaba a Freud era hundirse del todo, para que Galatea
le entregase su secreto. Semejante tarea se cumplirá por etapas.
En 1923, en El yo y el ello17, Freud avanza un paso, al mostrar que no se trata de
que el resultado de una pulsión sea la vida y el de la otra la muerte, sino que la vida es
el compromiso y el combate entre dos tendencias: la de perdurar en su ser y la de
dejarse llevar a la última frontera.
En 1930, en El malestar en la cultura da otro paso, al mostrar que la pulsión de
muerte destruye, es cierto, pero que esa destrucción, muchas veces, es la condición
necesaria para que la psique y las grandes creaciones culturales aparezcan gracias al
operar de la pulsión de vida.
En 1937, ya cercana su muerte, Freud publica un texto de enorme complejidad:
Análisis terminable e interminable18. Sin embargo, creo los adjetivos “finito” e
“infinito” se ajustan mejor que “terminable” e “interminable” a los escogidos por Freud,
sobre todo a la luz del pasaje que me interesa destacar:
“Los dos principios básicos de Empédocles, phylia y neikos, son, por su nombre
y por su función, lo mismo que nuestras dos pulsiones primordiales, Eros y destrucción
[…] Por otra parte, en cierta medida hemos dado infraestructura biológica al principio
de la «discordia» reconduciendo nuestra pulsión de destrucción a la pulsión de muerte,
17 Freud, Sigmund, Das Ich und das Es (1923), El yo y el ello, en O.C., XIX, traducción
de Jose L. Etcheverry (Amorrotu editores, Buenos Aires, 1976).
18 Freud, Sigmund, Die endliche und die unendliche Analyse (1937), Análisis terminable
e interminable, en O.C., XIX, traducción de Jose L. Etcheverry (Amorrotu editores,
Buenos Aires, 1976).
14
el esfuerzo de lo vivo por regresar a lo inerte. Esto no pone en entredicho que una
pulsión análoga pueda haber existido ya antes, y desde luego no pretende afirmar que
una pulsión así se ha engendrado sólo con la aparición de la vida. Y nadie puede prever
bajo qué vestidura el núcleo de verdad de la doctrina de Empédocles habrá de mostrarse
a una intelección posterior.”
Sin duda, el final es sorprendente. La asimetría es aquí manifiesta: esa pulsión
de muerte, anterior a la aparición de la vida, es parte del secreto que guarda, todavía,
Galatea.
Confesión
En la perspectiva de la historia del psicoanálisis, una renovada consideración del
Proyecto bien puede servir como puente entre las esferas de la naturaleza y la cultura.
¿No podría también ser puerta de acceso a algo que siempre inquietó a Freud, como lo
prueba su creciente interés por la sexualidad femenina y, sobre todo, lo que una vez le
confesó a Marie Bonaparte? El único documento del que disponemos para explorar esa
confidencia, al menos hasta donde yo sé, es el testimonio de Ernest Jones en su
monumental biografía:
“Caben pocas dudas de que para Freud la psicología de la mujer era más
enigmática que la del hombre. Cierta vez dijo a Marie Bonaparte: “La gran pregunta que
nunca ha obtenido respuesta y que hasta ahora no he sido capaz de contestar, a pesar de
mis treinta años de investigación del alma femenina, es ésta: “¿Qué es lo que desea una
mujer?” (Was will das Weib?).”19
Que Marie Bonaparte haya sido la escogida para la confidencia no me parece
casual. Fue ella la que rescató el manuscrito, junto con las cartas de Freud a Fliess, y se
negó a entregar ese material a su autor, porque sabía el destino que le aguardaba en tal
caso. Fue también la primera en leerlo.
Así, desde el punto de vista narrativo hay dos escenas. En la primera, un hombre
le confía a una mujer su deseo de penetrar en los misterios del alma femenina. En la
segunda, una mujer rescata cartas que arrojan luz sobre el misterio del amor entre dos
hombres. Galatea circula alrededor de ambas escenas.
19 Jones, Ernest (1953-1958), Sigmund Freud: Life and Work, Vida y obra de Sigmund
Freud, traducción Mario Carlisky (Editorial Nova, Buenos Aires, 1960), t. II, p. 439.
15
El 6 de septiembre de 1921, Ernest Jones le escribe a Freud: “Puede que le
interese saber que Bernard Shaw acaba de escribir una obra épica en la que intenta
aproximarse al origen de la muerte, y también utiliza la de Platón del origen del sexo en
relación a Lilith. Traeré el libro conmigo para que usted lo vea.”20
.
Lo que tiene de singular la obra de Bernard Shaw —Hasta donde alcanza el
pensamiento—, es su manera de encarar el lugar de la temible Lilith: Adán y Eva, en el
principio de los tiempos, nacen de su cuerpo. Como ella misma dice: “Sufrí lo
indecible; estallé en pedazos; perdí mi vida para hacer de lo uno de mi carne a esos dos
[to make of my one flesh these twain], hombre y mujer”21
.
Bernard Shaw publicó esta obra en 1921. Está claro que en las palabras de Lilith
se entrecruzan dos cuestiones: una relativa a vida y muerte, la otra a masculino y
femenino. Un año antes, en Más allá del principio de placer, Freud había recurrido a
Platón para abordar esas mismas cuestiones. Jones, que le hace conocer el libro de
Bernard Shaw, es el único testigo de la confesión a Marie Bonaparte. Tantas
coincidencias no pueden ser producto del mero azar, sobre todo si tenemos en cuenta, a
la luz del trauma como proceso póstumo, la relación entre Freud y su viejo texto del 95
condenado al fuego. Galatea libra al fin su último secreto: un autor puede desarrollar su
obra de maneras muy diversas y desde posiciones muy distintas. Pero cuando la obra
retorna, siempre lo hace en la figura de Lilith. Una sutil asimetría.
20 The Complete Correspondance of Sigmund Freud and Ernest Jones (1993), Sigmund
Freud-Ernest Jones. Correspondencia completa, traducción de Esther Sánchez-Pardo
González (Editorial Síntesis, Madrid, 2001), p. 508.
21 Shaw, Bernard, “As Far as Thought Can Reach”, in Back to Methuselah (1921),
“Hasta donde alcanza el pensamiento”, en Shaw, Bernard, Volviendo a Matusalén,
traducción castellana de Julio Brouta (Editorial Americana, Buenos Aires, 1944), p. 434
(mi traducción).