Clínica lacaniana de las psicosis, Ana Cecilia González

Publicado en 2009

‐“(…) De una ciudad no disfrutas las siete o la setenta y siete

maravillas, sino la respuesta que da a alguna pregunta tuya.

‐ O la pregunta que te hace obligándote a responder…”

(Italo Calvino)

Introducción

Las psicosis tienen un lugar central en la obra de Jaques Lacan desde el inicio de su

enseñanza, siendo incluso el punto a través del cual se produce su primer contacto con

el campo psicoanalítico. Dedica el tercer año de su seminario a “Las psicosis” (1955‐56)

trazando las líneas de su primera teoría y clínica sobre las mismas (que reformulará en

la década del 70), sostenida en la lectura de la obra freudiana, en sus investigaciones

sobre lingüística y en la práctica de presentación de enfermos (dispositivo tomado de

la psiquiatría pero adaptado por Lacan)

En este trabajo nos proponemos revisar los conceptos centrales de dicha teoría

articulados en un caso clínico, intentando dar cuenta tanto de la precisión y riqueza de

su teorización, como de la vigencia de la clínica que ella sustenta.

Presentación clínica: caso G.

Conocí a G. a sus 40 años y durante mi primer año de residencia de psicología clínica,

una semana después de que fuera internado por guardia en el servicio de agudos del

Hospital Obarrio, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, Argentina, el 9 de

septiembre de 2004. El ingreso de poco más de dos meses y 2 meses de entrevistas de

seguimiento fue el tiempo con que contó el tratamiento.

G. es llevado a la guardia de dicho hospital por su esposa, quien relata que no duerme

hace 5 días, se alimenta escasamente y habla “incoherencias”. El médico de guardia

consigna que se encuentra excitado, verborrágico, incoherente, presenta alucinaciones

auditivas e ideas delirantes de perjuicio y místicas. Es ingresado por el psiquiatra por

presentar crisis de excitación psicomotriz, con diagnóstico presuntivo de

“esquizofrenia paranoide”.

G. es el mayor de dos hermanos (además tiene 3 medios hermanos). Su padre es un

refugiado que llegó a Argentina de niño con su madre durante la Segunda Guerra

mundial. Es abogado y vive en Buenos Aire como el resto de su familia. Se divorcia de

la madre de G. cuando éste tenía 5 años y se casa nuevamente con L., con quien tuvo

tres hijos más, un varón y dos mujeres. La madre de G. es docente, presenta

antecedentes de consumo excesivo de alcohol y episodios de violencia, ha recibido

tratamiento psiquiátrico. El hermano dos años menor de G. se educó en el Liceo e hizo

la carrera militar, es coronel retirado. Al momento del ingreso de G. vive nuevamente

en Bs As con su esposa e hijos (vivió durante un tiempo en Tucumán, donde eracomerciante). Al producirse el ingreso viaja a Tucumán para intentar ayudar a su

hermano, ya que su esposa lleva un embarazo de riesgo que le exige reposo, tiene

además dos hijos de su marido anterior fallecido, y la situación económica de la familia

es muy alarmante.

El hermano relata: “De chico G. tenía mucha tendencia al aislamiento. Pasaba horas

leyendo de fútbol o jugando sólo con las manos como si fueran jugadores. Después

estudiaba y leía mucho, tiene una memoria impresionante, aprobaba materias de

abogacía estudiando en pocos días.” (G. tiene estudios secundarios completos. Aprobó

4 años de la carrera de abogacía en Bs. As. Estudió Locución durante un año y

posteriormente Comunicación Social en el Instituto San Miguel, estos dos últimos en

la ciudad de Tucumán) La cuñada de G dice: “Cuando yo lo conocí me llamó la atención

que la madre lo controlaba mucho, era muy sobreprotectora, a él no le gustaba que la

mamá lo domine, le daba vergüenza. Se lo veía sufriendo, encerrado con su mamá, yo

me lo acuerdo como un chico que parecía un muerto vivo”.

G. explica su historia familiar: “Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 5 años, ellos

empezaron con el divorcio vincular, un fenómeno de aquel entonces. El nos veía una

vez por semana, el sábado. Luego la relación se cortó, cuando yo tenía 12 años y dejó

de vernos. Lo que pasó es que formó otra familia, se casó con L. y tuvo tres hijos más.

Yo siempre sufrí la falta de padre, pero bueno, el sintió que no tenía que vernos más y

está bien. Cuando tenía 26 años decidí buscarlo, y me quedé a vivir con él. Abandoné a

mi madre y ella me persiguió, me re persiguió, me re contra re persiguió y al final volví

a su lecho… Hasta que me vine a Tucumán. Ella era muy absorbente, yo quería dejar de

estudiar derecho y dedicarme a periodismo deportivo pero no me dejó”.

“Con mi papá nos llevamos bien, él dice que soy su sostén espiritual y afectivo, a

pesar de lo de L…. Es que yo estuve en pareja con ella, después que se separó de mi

padre. Pero él ya me perdonó. Ahora me está por mandar ropita para mi bebé”.

“Con mi hermano A. me llevo bien, de chicos no nos veíamos mucho porque él iba al

colegio militar. Yo me enojé cuando me internó, pero ya lo perdoné porque él me

ayudó a venirme a Tucumán, que era mi sueño”.

Se mudó a Tucumán en el ‘99, “en busca de un amor y un trabajo”. Dice que fue como

consecuencia de un “mensaje” que le dejó una terapia que realizó en un hospital de

Buenos Aires. Ante la oferta de su hermano mayor de venir a trabajar a Tucumán en el

negocio que éste tenía por aquel entonces, le dijeron, según él recuerda, que

seguramente algún día volvería presentando a su novia tucumana. ¿Indicación de un

rumbo posible? Lo cierto es que G. tomó ese sendero y vivir en San Miguel de

Tucumán, tuvo para él, según veremos, más de una consecuencia.

El desencadenamiento

Lacan sitúa con notable precisión las condiciones del desencadenamiento en la

psicosis: el significante Nombre‐del‐Padre forcluído es llamado en oposición simbólica

al sujeto. Para ello “(…) es preciso que Un‐padre venga a ese lugar donde el sujeto no

ha podido llamarlo antes.” (Lacan, J. 1957‐58, pág.559) Es decir, es necesario que Un‐

padre se ubique en posición de terceridad en alguna relación que tenga por base la

pareja imaginaria a‐a’. En el comienzo de la psicosis es posible ubicar esta “coyuntura

dramática”.En la primera entrevista G. explica: “Mi problema es que estoy esperando un hijo y

estoy desempleado… ¡Y para colmo ahora me volví loco!”. Es a partir de la segunda

entrevista que G. comienza a hablar de su delirio, anunciando que él sabe bien cuál es

su “nudo mental”: él es el diablo. Este es el núcleo axiomático a partir del cual su

delirio se despliega, trabaja.

Durante este primer momento del tratamiento G. habla ininterrumpidamente, a veces

se dirige a mí, otras discute con las voces, gesticula con vehemencia y deambula por

el consultorio constantemente. Permanezco callada la mayor parte del tiempo, tomo

nota tan velozmente como él habla, le pido algunas aclaraciones, él cada tanto me

exhorta: “¡Anote! Esto es importante”. Considero esta indicación que me dirige como

un dato transferencial de relevancia, considerando lo que Lacan propuso en torno al

“secretario del alienado”.

Recorto algunos de los fragmentos de su incontenible discurso al inicio del

tratamiento: “Empecé a pelearme con la historia y mis raíces. En Julio viajé a Bs. As.,

donde nací, para buscar empleo para mantener a mi esposa y mi hijo, allí estuve con

mi padre. El tipo tiene un problema especial con la figura del diablo, todo el tiempo lo

insulta al diablo. Mi padre se vino en un barco con su mamá durante la Segunda

Guerra. Cree que el apellido es judío, o al menos eso me dijo él ahora… Pero yo soy

muy católico… Aunque en una época estudié con los Testigos de Jehová. Mi papá me

dio la casilla de correo de unos abogados internacionales por si me pasa algo, pero no

sé qué…El problema es que yo nací bajo un signo del horóscopo chino bastante jodido,

que es el dragón. En la Biblia el dragón es el diablo, por eso yo le digo a mi padre que

deje de insultar al diablo porque es como si me insultara a mí. Es una cadena de

insultos, porque yo lo tengo que insultar a Hitler, que es un enemigo impuesto por mi

padre. ¡Y así hasta el último día de nuestras vidas! Yo lo escucho a él que está todo el

tiempo diciendo “hijo de…” o “la prostituta…”

G. cuenta repetidas veces que lleva como segundo nombre el de su abuelo materno a

diferencia de sus hermanos que llevan el del padre, se queja de que tiene “una mezcla

de sangre terrible” y que por eso lo persiguen.

C. Calligaris, siguiendo lo teorizado por Lacan, propone pensar el desencadenamiento

de la crisis psicótica como relativo a una imposición a referirse a la función paterna no

inscripta. Se trata de una imposición a organizarse como sujeto en torno a un amarre

fijo, central, a la manera de la neurosis. Este amarre es provisto por el significante

Nombre‐ del‐ Padre, que ordena para el sujeto filiación y posición sexuada, donadas

por el padre. Forcluído este significante fundamental en la psicosis, sobreviene

entonces el estado crepuscular en el cual los significantes evocados por la función

paterna hablan en lo Real vía la alucinación, es decir como una voz que el sujeto oye.

La falla en la transmisión del nombre que G. no deja de denunciar rompe la cadena

genealógica en lo simbólico, y entonces el nombre, la religión, la historia familiar

quedan del lado de lo impuesto. ¿Cómo lidiar con todo esto? ¿Qué le impone ese

nombre que le viene de su abuelo materno? ¿Qué nombre darle a su hijo por nacer?

Estos parecen ser los interrogantes vinculados a la función paterna que desencadenan

esta crisis. Postula Lacan: “El significante ser padre hace de carretera principal hacia

las relaciones sexuales con una mujer. Si la carretera principal no existe, nos

encontramos ante cierto número de caminitos elementales, copular y luego la preñez

de una mujer” (Lacan, J. 1955‐56 pág 418). El embarazo de su esposa implicó para G. el

encuentro con el significante forlcluído que desencadena la crisis.El “momento fecundo”: la primera crisis

G. tuvo una internación anterior de 15 días en una clínica psiquiátrica privada de la

provincia (Febrero de 2001). Al respecto recuerda: “En ese entonces había un

personaje siniestro en mi vida, dueño de la pensión en la que vivía, él me robaba las

ideas cuando yo daba mis discursos. Terminé internado, fue de terror porque me

tenían atado y todo el día a pichicata. Empecé sintiendo una tirantez conmigo mismo,

sentía que tenía que resolver algo pero no sabía qué, sabía que había algo a punto de

estallar, por momentos sentía todo como un gran vacío . Yo trabajaba en el negocio de

mi hermano, él tenía varios informantes que le dijeron que andaba hablando solo y me

internó. La cosa estaba entre mi hermano y su suegro. Lo que pasaba era el tema del

nombre. Quedaron boletas e impuestos sin pagar, alguien estaba trabajando con

magia negra sobre las deudas de mi hermano y yo soy el mayor, así que tenía que dar

la cara por él”. Recuerda también sensaciones corporales extrañas: “Sentía que me

estaban detonando una ametralladora en la planta del pie, hacía toc, toc, toc, también

en los glúteos, en la sien, en los brazos, sobre todo en el izquierdo”.

El hermano explica: “Las dos veces que G. explotó fue después de tener contacto con

mi padre. En el 2001 empezó a hablar solo, decía un montón de incoherencias y no

había cómo pararlo, por eso lo internamos. Mi mamá vino y lo sacó porque no lo

trataban bien ahí. Tampoco quiso seguir tomando la medicación que le habían dado”.

Podemos pensar que en aquel momento de cierre inminente del negocio en el que

trabajaba, G. se quedó sin los recursos con los que hasta entonces contaba para andar

por la vida. Él dio la cara por su hermano, dice, pero por lo visto se trataba de

“impuestos” y “deudas” que no tenía cómo afrontar. Es también en ese momento que

debe dejar sus estudios en el instituto San Miguel por no contar con dinero suficiente.

Ocurre entonces la primera crisis y aparece lo que él llama “el tema del nombre”,

pregunto y explica: “Mi padre, mis dos hermanos y el suegro de mi hermano se llaman

Jorge de segundo nombre, en cambio el mío es Miguel. En la simbología bíblica San

Jorge está sobre un caballo matando a un dragón, ¿entiende? ¡Eran 4 Jorges matando

a un dragón solo!”

¿Cómo se las arregla el sujeto psicótico desprovisto de los emblemas fálicos que no le

fueron donados por el padre?

Freud planteó en “La Pérdida de Realidad en la Neurosis y la Psicosis” el carácter

restitutivo del delirio en la psicosis. El Yo psicótico decatectiza la realidad para

construir una nueva. Y es a través del delirio que logra recatectizar los objetos,

regulando el funcionamiento del aparato psíquico, saliendo de la estásis libidinal.

G. apelando al horóscopo chino que lo ubica como dragón y por medio de una

deducción ya claramente delirante se dice el Diablo: el ángel más bello, el preferido de

Dios, finalmente expulsado. Este es el núcleo o axioma a partir del cual va a desplegar

su delirio, en principio fuertemente persecutorio, que al modo de una mancha de

aceite irá englobando su historia y su presente. Delirio que responde a una lógica

como construcción sujeta a leyes: intentar suplir para el sujeto filiación y posición

sexuada.

A partir de esta primera crisis podemos ver cómo se produce el derrumbe del

andamiaje imaginario que sostenía al sujeto hasta entonces. Es el momento inefable

en que la significación se suspende y el sujeto se asoma al agujero, puesto que lapregunta (“por el nombre”, según explica) es formulada en lo real. G. pasa entonces

por el momento de perplejidad (la “tirantez”, la sensación de estallido inminente y de

vacío que el paciente describe), el avasallamiento alucinatorio y el surgimiento del

núcleo delirante.

La “cascada” delirante

Dice Lacan: “Es la falta el Nombre‐del‐Padre en ese lugar [del Otro] la que, por el

agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de

donde procede el desastre de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que

significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante” (Lacan, J. 1957‐58,

pág 558).

¿Con qué recursos cuenta el sujeto para construir la metáfora delirante? Al respecto

Lacan nos indica una repuesta posible en su seminario cuando señala que las

alucinaciones auditivas verbales constituyen “los carteles a orillas de sus caminos”,

para aquellos que no cuentan con “la carretera principal”. El sujeto entonces cuenta

con los significantes que vehiculizan, vía la alucinación auditiva verbal, el retorno en lo

Real de la función no inscripta.

G. escucha tres voces: la de su padre, la de “una tal Hussein” y la de “Lamoglia” (dos ex

compañeros del instituto San Miguel, donde estudiaba) G. explica: “Hubo gente que se

aprovechó de mi defensa del profesor M., yo salía a la calle a dar discursos para

defenderlo y la Hussein y Lamoglia lo atacaban por todos lados. M. era mi profesor de

Historia y me enseñó de Hitler y la Alemania Grande. Yo siento como que alguien

teclea en internet y así me pasa las voces, tic‐tac, tic‐tac. Me dan instrucciones: que

hacer y que no, que hable de esto y no de aquello, y así, me dictan la lista de Schindler,

no me dejan vivir. Yo me peleo con las voces, las insulto porque me joden, me hacen

dar discursos. Y creo que el que les dicta es mi hermano N (el hijo del segundo

matrimonio de mi padre) que se quiere defender a costillas mías porque él es otro

dragoncito y está re‐metido con los Testigos de Jehová. Las voces me hablan de la

Muerte Segunda, y después de eso es la nada… En el libro de ellos dice que el dragón

es el diablo. Cuando Hitler los persiguió se fueron a EEUU… También le hablan de la

“Ley Universal Judía”, según la cual se reemplaza a las personas según la fecha de

nacimiento. Dice G: “Yo puse dos fechas de nacimiento para cuando muera porque

ellos me persiguen. Son la fecha de mi nacimiento y la de mi abuelo materno, que se

llamaba Miguel como yo de segundo nombre. Como esas fechas ya pasaron, seguro

vivo hasta el año que viene. Así solucioné el problema de la muerte”. Cuando le

pregunto por esas fechas advierto que la fecha de nacimiento del abuelo coincide con

la del día de su internación en el Hospital. Plantea Lacan en su seminario: “Existe de

todos modos una cosa que escapa a la trama simbólica, la procreación en su raíz

esencial (…) Nada explica tampoco que sea necesario que unos seres mueran para que

otros nazcan” Para el neurótico “La procreación está cubierta, en el orden de lo

simbólico, por el orden instaurado de esa sucesión entre los seres” (Lacan, J. 1955‐56,

pág. 256), es decir, introducida por la serie de las generaciones como efecto del

significante Nombre‐ del‐ Padre. Pienso entonces que lo que se le planteaba a G. era

que debía morir (en lo Real) para que su hijo naciera puesto que a esto parece

responder la “Ley Universal Judía” Explica: “Nosotros nos debemos a la Ley Universal

Judía por la sangre judía de mi padre. Esa ley se paga con los genitales, se los quitan atodos hombres y mujeres si no cumplen. Igual yo creo que esa es una ley arcaica, en

desuso. Tengo una mezcla de sangre terrible porque mi madre es de origen yugoslavo

e italiano, mi padre de origen judío, y me trae problemas con los que me persiguen”.

En una formulación posterior, los perseguidores serán los Testigos de Jehová que lo

convirtieron en diablo por haber sido pareja de la segunda mujer de su padre, y que no

quieren dejarle “integrar las religiones”.

El delirio de G. se organiza en torno a “temas” relacionados con la historia, el nazismo,

la guerra, el judaísmo y las religiones cristianas. Es evidente que tales temas se

relacionan con la historia familiar paterna. Al respecto Calligaris propone que el

psicótico cuenta con los significantes de su historia edípica, que forman parte de su

saber junto a otros. Lo que no está simbolizado es la función de amarre de esos

significantes, que no produjeron una metáfora de tipo neurótico. Por lo tanto el sujeto

podrá o no constituir una metáfora delirante según la singularidad de los significantes

paternos que vehiculizan el retorno en lo Real de la función. Aquí radica, según este

autor, la singularidad de cada sujeto y su delirio.

Estabilización

El primer indicio de mejoría en G. tiene que ver con sus discursos. Estos ya no suceden

a toda hora y en todos lados. Explica que ahora los da “al atardecer, en el fondo del

parque, de cara al cerro”, luego reza y así se tranquiliza, me cuenta sobre ellos en las

entrevistas y así va precisando los detalles de su delirio. Se queja de que lo acosan a

preguntas y que él solo debe responder, le digo que él también puede preguntar y eso

parece apaciguarlo un poco. Podemos ubicar en este momento una primera aunque

precaria posibilidad de circunscribir la invasión gozosa del Otro. La excitación ha cedido

considerablemente, ya no camina por el consultorio, pero aún queja de las voces. Dice

que la peor es “la tal Hussein” que “es una perra y quiere saber todo” y le recuerda

cuando él se masturbaba, que por suerte su esposa le había salvado de eso. En una

entrevista posterior me pregunta si sé que es “la zoofilia”. Teniendo en cuenta el

riesgo de ubicarme transferencialmente como quien lo sabe todo y tornarme así

persecutoria le contesto que no y él explica: “¿Ve? cuando la Hussein me pregunta por

la masturbación yo le pregunto qué es la zoofilia y no tiene que contestar, ¿qué va a

decir? ¡Y así se calla! Porque la masturbación es cosa de hombres y la zoofilia de

mujeres que hacen eso y cosas peores”. Decido tomar la indicación de G. y no

preguntar sobre ciertas cosas. Pienso que “zoofilia” tiene valor neológico, nada se

puede decir sobre ella, remite a la significación en cuanto tal como plomada que

detiene el decurso de la cadena significante fracturándola, pero al mismo tiempo pone

freno a la deriva metonímica del discurso psicótico. Por otra parte, el Otro absoluto

con el que G. lidia de a poco va acotándose: poder dirigirle preguntas y así hacerlo

callar es un modo de agujerearlo, esa pregunta que él le dirige representa una suerte

de mediación entre el sujeto y las exigencias locas de las voces.

El tercer momento se corresponde con la inminencia del alta y las entrevistas de

seguimiento. En este tiempo parte de mi tarea consiste en sostener el intervalo de la

internación como un espacio de trabajo necesario ante su urgencia por salir a trabajar

para mantener a su hijo. Se queja de aburrimiento, de que todos los días son iguales en

el hospital. Le propongo entonces que sea él quien elija los horarios para las

entrevistas diarias. Respecto de las voces dice que las escucha mucho menos, comomás “vagas y lejanas”. Sucede que discute pero ahora es en su mente, ya no con las

voces sino con los “temas”: Hitler, el dragón, el diablo, la ley universal judía. Se queja:

“Estoy harto, parezco disco rayado, todo los días con los mismos temas… Y usted

también debe estar harta. Yo lo que quiero es irme a mi casa y que todo esto quede

entre usted, yo y las paredes de este hospital. ¡La única solución es el alta definitiva!”.

Le digo cuando él quiera podemos cambiar de tema. En los sucesivos encuentros

empieza a hablar de sus intereses y a pensar proyectos en torno a ellos, parece ir

dejando atrás la fase aguda de su padecer. Un día llega preguntando si conozco “La

Colifata”, la radio de los locos del Borda, y dice que le gustaría organizarla en el

Obarrio. Explica entonces que estudió locución y tuvo programas de radio con sus

compañeros. Luego descarta este proyecto porque dice que la verdad es que en ese

hospital no hay nadie con “buena dicción”. Habla entonces de su “otra pasión”, el

fútbol, es hincha fanático de Chacarita, equipo conocido como “los funebreros”, es

otra pasión que comparte con su padre, que de chico lo llevaba a la cancha. Se

propone entonces armar el “Club Atlético Obarrio”. Le contacto con el profesor de

educación física del Servicio de Rehabilitación, y habla de esta idea con él, empieza a

jugar por las tardes con los demás pacientes. En otra entrevista dice que lo que

realmente quiere hacer es un programa de radio en el que él contaría todas sus

“historietas”. Le propongo que me las vaya contando, como para ir armando el guión.

Acepta y dice que el programa se va a llamar “Historias de un porteño más en el

Norte”, me ordena riendo “Anote: Capítulo 1, En busca de aventuras” y relata cómo

conoció Tucumán y luego a su esposa. Comenzamos a trabajar entonces en torno a

cómo es esto del “porteño en el norte”, considerando que “ser uno más” de una serie

le permite ubicarse en un lugar menos angustiante que el de diablo o dragón. Él

piensa que ser porteño es medio “jodido” porque tienen mala fama, y que su mujer lo

carga por su acento, pero que él no es el típico porteño “fanfarrón y atorrante”.

Es dado de alta luego de poco más de dos meses de internación, y comienza concurrir

a entrevistas durante 4 semanas, luego deja de asistir al hospital. Comienza a trabajar

vendiendo artículos de santería con su mujer, con apoyo económico de su hermano.

Está muy ansioso por el nacimiento de su hijo. Dice que le llamará Juan Pablo por el

Papa, quien lucha por la “Integración de las Religiones”, al igual que él mismo. La

última entrevista a la que concurre me dice “Bueno, mire, le soy sincero: si alguna vez

no puedo venir ¡mala suerte! Al final estamos siempre con los mismos temas”. Cuenta

también que soñó que su padre le decía que ya no iba a insultar al diablo. Aclara

enseguida que no le cree, pero que al fin y al cabo el diablo “es el más hermoso ángel

de Dios”. Y me dice “Usted es la psicóloga del diablo. Y yo soy un diablito bueno, cada

tanto hago una fogata en el fondo de mi casa, y rezo por la paz y la Integración de las

Religiones, sólo así se salvará el mundo…”

Pienso que en el pasaje del diablo insultado por el padre al diablito bueno/ ángel más

hermoso que brega por la integración de las religiones y vende artículos de santería

radica la posible y tal vez precaria estabilización de G. Porque es desde allí que

reencuentra un lugar en el mundo y logra darle un nombre a su hijo.

Como correlato transferencial puede ubicarse, a mi entender, el pasaje de ser para él

la que escucha y escribe sus “temas” a ser la “psicóloga del diablo” (a la que parece

mandar al diablo en la última entrevista) que toma nota del guión de sus “historietas”,

y que guardará, entre las paredes del hospital, lo que le pasó. Volví a verlo mesesdespués, cuando llevó a su hijo Juan Pablo al hospital para que le conociéramos.

Estaba muy contento, su mujer dijo que trabajaba y cuidaba “obsesivamente” al niño.

Por otra parte siempre me pregunté sobre qué lugar ocupaba en la economía psíquica

de este paciente (por decirlo de algún modo) su decisión de vivir en la ciudad que se

llama San Miguel, teniendo en cuenta lo que él llamaba “el tema del nombre”. Al

respecto cabe mencionar que cuando el hermano de G. viaja a Tucumán lo hace con la

intención de llevárselo a Buenos Aires porque, según explica, las dos crisis que

requirieron internación habían ocurrido en esta ciudad y no consideraban que su

esposa pudiera cuidar de él. Pero G. se negaba terminante a dejar la ciudad y su mujer,

a quien le escribía largas cartas de amor, y eso le ayudaba un poco con las voces.

¿Quizás en el delirio vivir en San Miguel lo resguardaba de los perseguidores? Podría

haberle preguntado al respecto, pero no lo hice. Creo que operaba en mí la suposición

de que se trataba también de un lugar pero jugado en lo Real y que mi pregunta sólo

convocaría el agujero. Y esto porque, parafraseando a Lacan, el delirio es legible para

quien lo escucha, pero sin salida para el que lo porta. Pero quizás G. le encuentra la

vuelta: creo que algo de esto se reformula con lo de ser “un porteño más en el norte”.

Finalmente: escuchar a G. fue para mí toda una aventura, la de constatar que eso que

llamamos delirio trabaja según su propia lógica y con bastante independencia respecto

de nuestras más o menos felices intervenciones. Y la de constatar que en última

instancia también en la psicosis se juega “una insondable decisión del ser”.

Bibliografía

1. Lacan, Jaques (1955-56): El Seminario, Libro 3, “Las psicosis”. Editorial

Paidós, Buenos Aires, 1999.

2. Lacan, Jaques (1957-58): Escritos II. “De una cuestión preliminar a todo

tratamiento posible de la psicosis”. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2001.

3. Calligaris, Contardo (1989): “Introducción a una clínica diferencial de las

psicosis”. Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, 1992.

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Publicado el

7 septiembre 2025

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