De la estructura en la clínica, Kepa Matilla

De la estructura en la clínica

De la locura a la enfermedad

Pienso que la idea de la locura siempre ha sido algo que se ha podido diferenciar de lo que

podemos llamar la normalidad. La melancolía, que era el nombre que desde la Antigüedad se reservaba

para la locura, estaba claro que no era para todos. Había algo en el ser melancólico esencialmente

diferenciable. Ya conocemos la idea de Aristóteles cuando anudaba el saber y la melancolía, como dando

a entender que ciertas cotas de saber sólo eran alcanzables para aquellos que navegaban en la melancolía.

Por supuesto, esta imagen idílica, verídica, acertada y tan olvidada hoy, esta imagen de sumo

respeto hacia las virtudes, digamos, del loco, por supuesto, no estaba exenta de la concepción del

profundo sufrimiento que entrañaba. Sabemos también por Foucault de los periplos de la locura como

figura de la sinrazón durante la Edad Media y el Renacimiento. Constituyéndose dos tipos de locura: la

locura fuertemente vinculada al saber; y la locura relacionada con la animalidad. Esta operación, como

destaca Foucault, permitió encerrar al loco. Se le quita los galones, su relación con la divinidad, y se le

encierra. El Cristianismo, de alguna manera, le da la estocada al ubicarla como la antítesis de la razón. La

razón manda encerrar la locura, cuando la locura había sido la cúspide de la razón, de hecho, aún en el

siglo XIX la paranoia, forma por excelencia del alienismo, será denominada “locura razonante”.

Hay que tener en cuenta que el encierro es en Hospitales que constituyen instituciones jurídicas,

y no tanto lugares médicos. Los médicos tan sólo comenzarán a encargarse de los hospitales para locos, al

menos en Francia, tras la Revolución. Es el ejemplo de Pinel que funda la psiquiatría. Se le ubica ahí ya

sea para dar cuidados a los que él llamará alienados, o para evitar que contagien a los de fuera. Esto hace

que la propia locura dé el primer paso para convertirse en enfermedad. A partir de aquí, se la describe y se

la clasifica, se la ordena y se la pone bajo control.

Paradigmas de la psiquiatría

Entonces, en un primer momento, la locura será una, la “alienación mental” y contendrá

diferentes formas. La melancolía, la manía, el delirio parcial, etc. Esto, durante la primera mitad del siglo

XIX. La tendencia psicopatológica será la de describir las formas. Con una leve tendencia a diferenciarlas

entre sí. Como será el caso de la diferencia entre la melancolía y la paranoia. Y será a mediados del XIX

cuando esta tendencia diferenciadora más se consolidará debido a la fuerte ideología médica que orientará

el alienismo.

Se necesitaba hacer en el seno de la basta locura una operación con bisturí para escindir

diferentes porciones que fueran claras y cristalinas y, sobre todo, que pudieran amoldarse a lo que era una

enfermedad. Es decir, que tuviera una sintomatología, un curso y una etiología. La sintomatología de las

diferentes formas ya estaba bastante bien establecida; la etiología, a pesar de los esfuerzos que aún hoy

perduran, cae más del lado de la mitología; por lo que, el curso pasó a ser el caballo de batalla de la visión

médica de la locura. De ahí surgió la locura circular o la locura a doble forma que a la postre se

convertiría en PMD y luego en trastorno bipolar. Es la entidad mórbida que tiene este curso en altibajos.

Todo esta ideología, además, será el caldo de cultivo para que Kraepelin construya una entidad

basándose en el curso, un curso discapacitante, un curso deteriorante, que se convierta en el estandarte de

la visión médica de la locura, la demencia precoz.

El barrido de la subjetividad

Como lo hemos visto con el término “locura” en su paso a la “alienación mental”, la psiquiatría

tratará de borrar cualquier huella que remita su ciencia en ciernes a algo diferente, como por ejemplo

pueda ser la historia de la cultura. Es decir, la psiquiatría, ya desde el principio tendrá la vocación de

construir algo nuevo o, al menos, que tenga el aire de algo nuevo, de algo diferente a lo anterior. Que

tenga ese aroma a ciencia que como profesión que quiere acceder y permanecer en el campo de la

medicina, debe tener. Así, la operación será la de deshacerse de todos esos nombres de la Antigüedad:

locura, melancolía, paranoia, histeria, etc. Esquirol, por ejemplo, propone sustituir la “melancolía” por la

“lipemanía”, alegando que la melancolía es cosa de poetas y literatos, que no tienen la necesidad de rigor

que deben tener los médicos. En realidad, esto no es más que borrar cualquier signo que no sea

estrictamente científico, y querer introducir la locura en el campo de la medicina, cambiándola de

aspecto.2

En esta misma línea, durante el siglo XIX, otra operación importante llevada a cabo por la

psiquiatría será la de borrar cualquier signo de razón de la locura. El loco debe ser un enfermo

discapacitado, con un cerebro dañado que tiende a extenderse a todas las facultades. Es decir, será la idea

de que el loco es un demenciado. Por eso la pareja ejemplar de la melancolía/paranoia pasará a ser PMD/

Demencia precoz. Dos entidades que cumplen con un curso concreto. Claro, la primera porque se basa en

la variabilidad del afecto, que si algo tiene el afecto es ser variable. Y, la segunda, que es consecuencia de

la desidia terapéutica. Si con el loco no se habla, si no se le trata, si se le encierra, acaba aislado y se hace

inaccesible, de ahí a que cerebralmente sea un incapacitado hay un gran salto. Recuerdo muy bien cuando

estaba de residente en la planta de agudos de un Hospital y plantee un programa psicoterapéutico para

poder tratar a la gente allí ingresada, me dijeron que los pacientes allí estaban demenciados, que no se

podía hablar con ellos.

Entonces, fijaos en la gran diferencia en la concepción de la locura, entre la visión tradicional,

que viene desde los griegos, hasta esta de después del XIX, la locura medicalizada, la locura en el campo

de la medicina, la locura como enfermedad. La locura siempre fue parcial, el loco hacía gala de una razón

implacable, existía en él esa mezcla a todas luces curiosa entre locura y razón (algo que Lacan captó

cuando hacía alusión al rigor en la locura). Y con el paso de la psiquiatría se convirtió en todo lo

contrario, en un tarado, en un desviado, en un enfermo, en un demente. Digamos que el loco ganó poco en

este sentido con la psiquiatría. Sólo hay que leer los tratados, o al mismo Kraepelin, para ver el desprecio

con el que se trata a los pacientes. A medida que se hace enfermedad se los deshumaniza. Desaparece la

subjetividad en la concepción de la locura.

Freud y la subjetividad

Freud, en cambio, plantea, a diferencia de la psicopatología de la época, concebir el malestar, no

como una enfermedad, sino como una posición subjetiva. Donde es el propio sujeto quien decide

enfermar, donde el malestar es producto de una decisión del sujeto, que no encuentra nada mejor que la

enfermedad para solucionar un conflicto. Fijaos qué diferencia tan sustancial. De esta manera preserva la

subjetividad, la responsabilidad en el enfermar y en el curar, y la decisión, que lo lleva al campo de la

ética. En este sentido casi podríamos decir que el campo del padecimiento mental tendría que ver más con

la ética que con la medicina.

Esta operación la puede llevar a cabo porque concibe la clínica con el fabuloso concepto de

mecanismo psíquico. Con él ordena la clínica en unas pocas entidades. Todas las categorías que la

psiquiatría había ido construyendo, toda la proliferación de entidades que se fueron constituyendo en esa

especie de manía clasificatoria, Freud las reduce a dos: neurosis y psicosis. Son estructuras porque Freud

hace que los síntomas tengan en ellas una articulación lógica. No tiene que ver con la sustancia, no hay

esencia, sino que tiene que ver con una combinatoria de elementos, combinatoria de la cual emana el

sujeto.

Por otra parte, y creo que es una diferencia fundamental respecto a la psiquiatría, Freud tiene en

cuenta lo que sus pacientes tienen para decir, él trabaja con lo que sus pacientes elaboran y trabaja,

sobretodo, con la relación que se establece, con la transferencia. A tal punto que utiliza ésta para

diferenciar la psicosis de la neurosis. Kraepelin, por ejemplo, critica estos planteamientos por dar

importancia a lo que dicen los pacientes.

El caso de la Sra. P.

Efectivamente, Freud ordena su clínica en estas dos estructuras de la subjetividad, que son la

neurosis y la psicosis. Cada una con características muy diferentes, cada una con mecanismos diferentes,

cada una con modos de relación y susceptibilidad al tratamiento que había creado diferentes.

Y él se fue dando cuenta de la radical diferencia que existía entre una forma y otra. A tal punto

que cuando quiere aplicar el mismo tratamiento que venía aplicando a la histeria, a uno de sus primeros

casos de paranoia, tras inventar la técnica, el caso de la Sra. P., pues ésta acaba siendo ingresada tras un

fuerte desencadenamiento. Freud no tiene ningún reparo en aceptar y reconocer que su tratamiento, en

ciernes en aquel momento, no sirve en la paranoia, sino que hay que introducir alguna modificación. Pero

de aquí y de otras experiencias, extrae la idea bien formada acerca de la diferencia radical entre entidades.

Y esto tiene una utilidad práctica, sirve para orientar el tratamiento y ubicar el lugar de la posición del

analista. Nada más, pues el sujeto no es la estructura.3

Es a partir de ese momento que la diferenciación previa a cualquier tratamiento de un paciente,

entre neurosis y psicosis, se hace absolutamente necesario. Lógicamente, como toda dicotomía o dualidad

conceptual, ésta también incluye casos que no se sepa muy bien a cuál entidad pertenecen. De aquí, y por

otras cuestiones, se creó una nueva entidad, la patología límite, límite entre neurosis y psicosis. Lo cual

pienso que es una entidad surgida, en parte, por una falta de rigor conceptual, tal y como reconocían sus

propios artífices en los años cincuenta. En el caso de Otto Kernberg, su mayor exponente, todo o casi

todo es borderline. Es decir, se crea una entidad para evitar problemas y ella misma acaba convirtiéndose

en un problema.

Tercer paradigma

Es cierto que estos planteamientos tuvieron mucha repercusión en el ámbito psicopatológico de

la época. La psiquiatría también había ido elaborando entidades en base a un mecanismo: el delirio de

interpretación, delirio de imaginación, psicosis alucinatoria crónica, psicosis a base de automatismo, etc.

Y, sobre todo, con esa nueva entidad que fagocitó gran parte de las diferentes formas de la locura que fue

la esquizofrenia. Totalmente influenciada en su construcción por Freud. La cuestión es que pensar en

estructuras se fue haciendo cada vez algo más corriente. Y quedó, sin duda, instaurada cuando Freud

produjo la separación final entre neurosis y psicosis.

Desde esta nueva perspectiva ya no importaba tanto la descripción clínica exhaustiva, ni las

elaboraciones sobre el curso o la evolución, sino que tomaban preponderancia las hipótesis

psicopatológicas.

En Francia, uno de los primeros en introducir la noción de “estructura” será Minkowski. El

propio Lacan se lo reconoce en un escrito de 1935. Es una cuestión crucial, de primer orden, el poder

penetrar en la organización estructural de cualquier pasión mórbida.

Clérambault, Minkowski, Lacan

Creo que Lacan le debe mucho a Clérambault. Incluso en esta idea de estructura que en realidad

toma de él. El automatismo mental -o “trastorno generador” según Minkowski- es el molde formal de

cualquier fenómeno que pertenezca a la locura. Eso es lo que quiere decir Lacan en este comentario. Y

veinte años después, en el seminario sobre las psicosis dirá lo mismo. Que el fenómeno elemental, o sea,

el automatismo mental, tiene la misma estructura que el delirio.

No obstante, considero que hay una diferencia importante entre Minkowski y Lacan, y es que

Lacan no considera que la estructura sea algo subyacente a los fenómenos observados, esto es importante.

Su posición es bien diferente, consiste en buscar la estructura en el fenómeno pero sin que subyazca, a

flor de piel. Ya en la tesis habla de buscar “las estructuras conceptuales” que se revelan en la organización

del delirio, y en el Seminario 3 dirá que siempre existe la misma fuerza estructurante en el delirio y en el

fenómeno elemental.

Esta idea, novedosa, ya está incluida en algunos textos del propio Clérambault. Este autor -que

parte del estudio de las locuras simultáneas donde descubre que el delirio se comparte pero no así la

experiencia inicial de la psicosis, el trastorno generador, que es para él la verdadera enfermedad- opina,

en un primer momento, que esa experiencia inicial subyace a los fenómenos delirantes. Sin embargo, más

adelante dirá, y es la idea que Lacan retoma, que el delirio comparte con la experiencia inicial, en parte,

un desarrollo automático, por tanto, no subyace, sino que más bien se trata de lo mismo. Es decir, el

delirio también es automático. El síntoma contiene la estructura de la entidad de la que proviene. Por eso

un síntoma bien analizado es suficiente para poner de manifiesto la estructura a la que pertenece. Así para

el síntoma como para cualquier otra formación del inconsciente, como por ejemplo, el sueño. El sueño de

la bella carnicera, donde se pone a las claras que su deseo es un deseo insatisfecho, es suficiente para

decir que se trata de una estructura histérica.

Delirio como revelación

Efectivamente, para Lacan, el delirio no es deducido, sino que también es un fenómeno

elemental. Es en tanto que fenómeno elemental que se produce y se constituye. Ésta no era la opinión de

la época, ni la de ahora tampoco. Lo que se solía mantener era que el delirio simplemente era una

amplificación de algo previo (personalidad, carácter o constitución).4

El delirio siempre se ha pensado como una idea errónea pero cabalmente razonada, algo a lo que

deberíamos añadir la certeza absoluta. Pero hay otra concepción que lo concibe en relación a estar

inspirado. Desde esta perspectiva, el delirio pertenecería más bien al orden de la “iluminación” o la

“revelación”, es decir, sería la concepción del delirio como un “momento fecundo”.

Esto es, el delirio se presenta al inicio con un alcance conviccional inmediato, “no es nunca el

fruto de una deducción razonante” (tesis). Algo que contraría por completo al punto de vista que sostiene

que el delirio se deduce o se razona. Esta concepción pone el acento en la experiencia de imposición y

revelación constitutiva del delirio, de ahí su aplastante poder de convicción. Pues si fuera fruto del

razonamiento y la cogitación, si consistiera en una mera deducción, cabría esperar conmoverlo y

sojuzgarlo con buenos argumentos. Ahora bien, que los pilares inamovibles del delirio se construyan a

borbotones, mediante revelaciones o momentos fecundos es un hecho perfectamente compatible con el

trabajo de elaboración delirante, llamado por Freud Wahnbildungsarbeit. Y este trabajo delirante se lleva

a cabo mediante interpretaciones, acompañadas en ocasiones de una delicada labor de razonamiento y

reflexión. Según este punto de vista, por tanto, cabrían distinguirse dos mecanismos en la conformación

del delirio: por una parte, el momento fecundo, la revelación o la iluminación; por otra, el trabajo de la

razón destinado a unir los cabos que aporta, de golpe, la revelación. Es una distinción entre el axioma

delirante y el sistema delirante.

Automatismo mental

Pero tratemos ahora de ver en qué consiste esa estructura de la que venimos hablando, esa

estructura de la psicosis, el automatismo mental, que tiene una relación fundamental con el lenguaje.

Daros cuenta de que el automatismo mental es un fenómeno absolutamente desconocido en muchos

ámbitos de la práctica clínica actual. Muchos psiquiatras, que siguen pensando que la alucinación es una

percepción sin objeto, lo desconocen completamente y los psicólogos no lo necesitan a la hora de aplicar

sus teses y protocolos. Así, el núcleo de la psicosis, su estructura o su esencia -en el caso de poder hablar

de esencia- permanece olvidada en el panorama psiquiátrico oficial. Y esto, lógicamente, tiene

consecuencias en el diagnóstico y en el tratamiento.

Las relaciones entre el lenguaje y la psicosis han sido tratadas por un gran número de autores a lo

largo de la historia de la psiquiatría. Un momento importante fue cuando Baillarger planteó que la

alucinación en los alienados no tenía nada que ver con el sonido pues se trataba de un fenómeno de

lenguaje, en concreto, un lenguaje que no se escuchaba (alucinaciones psíquicas). A esto Séglas añadió

que sí se podía escuchar, pero dejaba claro que lo que se escuchaba no venía del exterior (alucinaciones

verbales y alucinaciones motrices verbales).

Más importante aún fue el momento en el que se concibió la alucinación en la psicosis como un

fenómeno de influencia y automatismo. A partir de aquí, la alucinación verdadera o psicosensorial

dejaba de ser la más representativa de la psicosis.

Efectivamente, se descubrió que era en el ejercicio involuntario de las facultades donde había

que buscar el punto de partida de todas las psicosis. Esto es, cuando el sujeto devenía incapaz de dirigir

sus ideas y ellas se imponían de tal manera que uno mismo sólo podía verse forzado a someterse a ellas.

Esta nueva perspectiva allanaba el camino para que se concibiera, a decir de Baillarger, una

terrible fractura en la unidad del individuo. Al alienado no le quedaría más remedio que atribuir la

imposición de estas ideas espontáneas a un ser extraño.

Fue también Séglas quien destacó de la alucinación auditiva su aspecto verbal, decía que más

que ser algo que proviniera del oído, eran voces internas que pronunciaban palabras, no existía el

elemento estésico. Las alucinaciones abandonaban así el campo de la percepción y pasaban a ocupar el

campo de la patología del lenguaje interior o hiperendofasia. Eran “voces que venían de la cabeza”,

“palabras en pensamiento”, “palabras que no hacían ruido”, por eso, algunos alienados aseguraban

“escuchar mentalmente”. Era ésta una experiencia mucho más desgarradora que la alucinación

psicosensorial, pues ocurría en el propio fuero interno del sujeto, a quien ya no le servía defenderse

mediante algodones en las orejas, pues su única salida, para recuperar su unidad interna, era construir una

influencia exterior. El problema se convertía así en que “algo hablaba en ellos”.

Pero el propio Séglas recordaba, en su último trabajo sobre las alucinaciones, la importancia de

haber podido diferenciar, dentro del grupo de las alucinaciones psíquicas, no sólo las alucinaciones

psicomotrices verbales -donde el propio alienado musitaba las palabras que decía oír-, sino también las5

pseudoalucinaciones verbales, donde el automatismo de la palabra ocupaba el primer plano. Eran ellas,

decía, una “alienación del lenguaje” donde un pensamiento verbal era desgajado del yo y convertido en

elemento extraño o parásito que pululaba y resonaba de manera automática, dejando al sujeto bajo la

“coerción”, el “sometimiento” y la “expropiación del yo”.

Esta nueva concepción ensanchó el campo de las alucinaciones. Muchos fenómenos que no

entraban en la estrecha definición de Esquirol podían concebirse con facilidad bajo esta perspectiva, y

muchos de ellos pasaron a ser prioritarios: el eco del pensamiento, el pensamiento anticipado, las

impulsiones verbales, la enunciación de actos, etc. El propio Clérambault redobló toda esta semiología al

considerar estos fenómenos como tardíos. Una de sus mayores contribuciones pasó por describir una

fenomenología mucho más elemental que daba cuenta del inicio de la psicosis y que es el automatismo

mental, ese simple eco donde el sujeto se descubre doblado por una emisión paralela “que lo emancipa, lo

acompaña o lo sigue”.

El lenguaje

Toda la experiencia de la psicosis le da a Lacan una perspectiva muy particular sobre el lenguaje.

Un lenguaje que nos preexiste y que habitamos. Un lenguaje que en determinado momento puede llegar a

mostrarse como algo totalmente amenazante. Tanto en la vertiente del significado -como puede ser en el

caso de la paranoia como luego veremos-, como se muestra en la experiencia enigmática inicial del

desencadenamiento; como en la vertiente más xenopática y desgarradora en que el lenguaje, su parte

material, la carcasa, se emancipa y asola al sujeto -que sería más bien la experiencia en el caso de la

esquizofrenia. Es toda la cuestión en Lacan de las palabras impuestas, ya sea en una de sus

presentaciones de enfermos de los años 70 o cuando privilegia este fenómeno en Joyce para tratar de

construir el diagnóstico.

Pero esto es algo que también aparece en Freud. Freud también da todo su valor, no sólo al

significado, sino también al significante. Cuando analiza casos lo hace desde una perspectiva lingüística.

De hecho, organiza sus nosologías en torno a la autonomía que adquieren las palabras en cada sujeto. Es

lo que se ve ya desde los Estudios sobre la histeria y en los textos sobre las neuropsicosis, donde lo

importante recae sobre el significante, sobre la representación, sobre el uso que se haga de él, pues de esto

dependerán las denominadas estructuras clínicas.

El significante se presenta, insiste, se impone, escapa al control. Cuando uno dice más de lo que

en un principio se propone o cuando en lo que se dice hay algo que no se sabe muy bien qué quiere decir.

Uno mismo no es el amo de esas palabras que supuestamente le debían pertenecer. Esto, de alguna

manera, implica una exterioridad del lenguaje respecto al sujeto. La causa queda fuera, lo cual cuestiona

la psicogénesis y cualquier recurso a la personalidad. Pero lo interesante es que ya para Freud estos

fenómenos son homeomorfos a la estructura del sujeto.

Kepa Matill

Habilidades

Publicado el

12 septiembre 2025

Umbral
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