SAPERE AUDE, Carlos Rey

Carlos Rey

Psicólogo clínico-psicoanalista

Barcelona

carlosry@copc.cat

Alienistas del Pisuerga, psicopatólogos como la copa de un pino y referentes

de la Otra Psiquiatría, Fernando Colina y José María Alvarez han escrito al

alimón Las voces de la locura, editado por Xoroi Edicions. Barcelona. Treinta

años después de mutua colaboración, estos estudiosos de la condición

humana y su psicopatología nos refieren sus reflexiones acerca de las

relaciones del lenguaje y la locura desde la perspectiva histórica. Analizando

la historia de la subjetividad los autores llegan a la conclusión provisional de

que las voces, las alucinaciones verbales o el polo esquizofrénico de las

psicosis es un síntoma de la Edad Moderna. Como dicen los propios autores

«la hipótesis es bastante osada, e indemostrable», «una hermosa

especulación», «con cierta osadía» y «con propuestas quizás atrevidas».

Vaya por delante pues, que los autores se sitúan en las antípodas de

considerar la esquizofrenia como una enfermedad de la naturaleza, así como

de la clínica jerárquicamente prescriptiva, de la ingeniería conductista y de la

dichosa psicoeducación. Y, por lo tanto, más allá de la invidencia científica

que el hegemónico modelo biomédico ha elevado a la categoría de

pensamiento único y único saber posible y/o permitido. Pero vayamos por

partes.

Uno

Como si de un programa de mano se tratara, los autores nos empiezan

hablando de El automatismo mental. Del lenguaje como sustancia del alma. Y

lo hacen marcando los referentes clínicos intemporales de la psicopatología:

la histeria, la melancolía y la paranoia, o lo que es lo mismo, los ingredientes

básicos de nuestra condición humana: el deseo, la tristeza y la interpretación.

A esta terna le añaden un cuarto elemento: el automatismo mental, a fin y

efecto de dar cuenta de la relación del sujeto con el lenguaje. «Pero a

diferencia de la histeria, la melancolía y la paranoia, el automatismo mental

casi no tiene historia, por lo que suponemos que informa de algún tipo de

cambio en la subjetividad».

Los autores rescatan las aportaciones de Séglas, Baillarger y, sobre todo de

Clérambault, para preguntarse «si los trastornos del lenguaje son una

manifestación de la psicosis o la psicosis es un efecto del desorden de la

relación del sujeto con el lenguaje». Ante esta cuestión, los autores

consideran que el concepto xenopatía –cualidad de experimentar el propio

pensamiento o los propios sentimientos como ajenos o impuestos– tiene más

recorrido que disgregación, escisión, disociación, discordancia o

!1esquizofrenia, ya que les permite llegar a la xenopatía del lenguaje, para

entender mejor la experiencia del sujeto «hablado, fragmentado, interino de sí

mismo». Siendo las voces –o el polo xenopático de las psicosis– coetáneas

de la aparición de la omnis scientia y el acabose de un Dios omnisciente,

omnipresente y omnipotente, en tanto que la subjetividad humana «se abrió a

nuevos tipos de experiencias respecto a las relaciones con el mundo, los otros

y consigo mismo». Por todo ello «podríamos concebir la esquizofrenia como

un síntoma de la ciencia, en la medida en que señala los límites

infranqueables relativos a lo que la propia ciencia ignora de sí misma».

Finalmente, los autores consideran que el automatismo mental articula la

clínica clásica con el psicoanálisis. Si con Freud «la división subjetiva se da

como hecho constitutivo y el lenguaje la quintaesencia del ser», a partir de la

clínica borromea de Lacan podría pensarse la xenopatía como «una

experiencia común a todos los hombres, a partir de la cual surgiría la nueva

pregunta de por qué no estamos todos locos o por qué no todos

experimentamos el lenguaje como un ente autónomo que nos usa para hablar

en nosotros y a través de nosotros». Esto sí que supone una vuelta de tuerca,

aunque según la dirección de la vuelta, aprieta o afloja la clínica estructural

neurosis versus psicosis. Si la afloja daría cabida a una «clínica continuista,

en la cual la psicosis sería una experiencia originaria común de la que los

neuróticos lograrían zafarse con éxito mediante el empleo eficaz de ciertos

mecanismos defensivos».

Dos

En Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia, los

autores desarrollan la idea de que la aparición de las voces debe atribuirse a

un nuevo desgarrón atribuible a la Edad Moderna. En paralelo a que la ciencia

generara un cambio de mentalidad, los espíritus –ángeles y demonios–

dejaron de intermediar entre Dios y los humanos. En esta nueva realidad «se

ha ido entreabriendo un hueco que las palabras ya no aciertan a delimitar. La

cosa en sí kantiana, la voluntad de Schopenhauer, la oscuridad de Schelling,

la pulsión de Freud o lo real de Lacan dan testimonio de esa experiencia

radicalmente moderna que conduce al hombre hasta los límites del lenguaje,

allí donde la representación no alcanza a revestir el territorio existente». Dicho

de otra manera: «La desaparición de los espíritus en nuestro imaginario nos

confronta más directamente con los abismos que bordean la pulsión, es decir,

con la omnipotencia de lo divino y el núcleo mudo de la realidad. Huérfanos

de ángeles y diablos, las palabra del hombre moderno tienen que dar cuenta

por sí solas de una divinidad sin Dios y de una realidad sin representación

cada vez más descarnada». Por lo dicho, se puede deducir que «la

esquizofrenia no puede ser anterior a este tiempo histórico, cuando la

subjetividad descubre una incapacidad nueva y radical en el dominio del

lenguaje». Siendo las voces respuestas «ante la presencia de ese real que ha

surgido ininteligible, peligroso y amenazador».

!2Desde la perspectiva que aporta la historia, los autores nos llevan de la figura

del visionario de Esquirol a la figura del ventrílocuo de su alumno Baillarger,

para proponernos la nueva figura del xenópata que rescatan, principalmente,

de Séglas y Clérambault. «La voz esquizofrénica representa la presencia

ausente del otro que ocupa la escisión como un cuerpo extraño y a la vez

impuesto».

Un paso más. En Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la

subjetividad, los autores escriben: «Las condiciones para afirmar que la

esquizofrenia no es una enfermedad natural sino cultural e histórica, propia de

la época moderna, no son comprensibles sin plantearnos una historia de la

subjetividad». Esa historia nos dice que el representante psíquico de la

identidad antes fue conceptualizado como el alma, espíritu, conciencia, yo, y

actualmente como sujeto. Sujeto definido por los autores como el que

«escucha, obedece y corrige tanto al otro exterior con el que hablamos, como

al otro interior que habla y desea en y por nosotros. De manera que el sujeto

camina siempre desdoblado en estas dos direcciones». Sujeto también en

tanto sujetado a su inconsciente y a los discursos que genera cada época de

la historia. «Por eso la locura no puede ser reducida a un hecho natural sino

que constituye un acontecimiento histórico, si no el más grave quizá el más

genuino de todos los que nos afectan».

Sobre lo dicho por Foucault, como primer historiador de la subjetividad, los

autores quieren distinguir «entre lo estrictamente histórico y lo simplemente

cultural». Las modificaciones culturales serían «los cambios en la

presentación de los síntomas, la evolución de su tratamiento o la influencia

que la recepción social ejerce sobre su apariencia». Sin embargo lo histórico

es aquello que genera una radical transformación en la subjetividad humana,

cuyo ejemplo que nos ocupa es la esquizofrenia como perturbación moderna.

Por eso es pertinente, también, hablar de un sujeto histórico, porque no es la

naturaleza sino la historia y sus discursos los que establecen «los perímetros

de la identidad y la dimensión de los desgarramientos del sujeto que van

sucediendo en cada época».

Tres

En Sustancia y fronteras de la enfermedad mental, los autores empiezan

recordándonos los paradigmas o grandes modelos que han intentado dar

cuenta de la sustancia y las fronteras de la locura, que serían cinco: la

alienación, la enfermedad mental, la estructura clínica, el síndrome y la

dimensión o el espectro.

Si la psicopatología trata de la sustancia y las fronteras del pathos, los autores

nos dicen que actualmente hay dos corrientes, una la lidera el psicoanálisis y

su psicología patológica, y la otra la lidera la psiquiatría biológica y su

patología de lo psíquico. Ésta última –hegemónica en la academia y clínica

oficiales porque es una disciplina de poder y no una ciencia médica– cada vez

!3habla más de trastornos mentales, aunque siga pensándolos y tratándolos

como enfermedades mentales o hechos de la naturaleza, y cada vez menos

de su sustancia o esencia. Así, por ejemplo, el DSM cada vez es más ateórico

y su taxonomía se ha llevado a cabo sin considerar necesario definir qué es

enfermedad o qué diantres es eso de la salud mental. En paralelo, la corriente

de la psicología patología «destaca el análisis de las experiencias singulares

del trastornado y privilegia el determinismo del inconsciente de los síntomas,

su sentido y su causalidad psíquica, los mecanismos patogénicos específicos

y la particular conformación clínica que el sujeto imprime en su malestar». Es

decir: su responsabilidad y decisión subjetivas, «tanto en la causa, el

desarrollo y la curación de su trastorno».

Respecto a la sustancia o esencia de la locura las opciones se reducen a

quienes la consideran como un hecho de la naturaleza o una construcción

discursiva.

Los límites y fronteras tienen que ver con cómo pensamos lo uno y lo múltiple

o lo continuo y lo discontinuo. En definitiva, entre los que establecen o no

fronteras entre la cordura y la locura. Si partimos de la base que el sujeto y su

locura escapan a la reducción científica, se entiende que los autores afirmen

que la «esquizofrenia es tan inexplicable como el genocidio nazi», ya que

«ambos representan los límites perplejos de la causalidad y nos obligan a

pensar concienzudamente las fronteras».

Los autores nos refieren que resulta llamativo comprobar que quienes tienen

diferencias sobre la sustancia o esencia de la locura no las tienen tanto

respecto de sus fronteras o discontinuidad. Kraepelin y Freud serían un

ejemplo. El psiquiatra Ernst Kretschmen y la psicoanalista Melanie Klein

serían otro ejemplo, pues aunque partiendo de tradiciones y argumentaciones

diferentes, el primero apuesta por un continuum psicopatológico y para la

segunda, «pionera en concebir una forma de psicosis generalizada y

originaria, (…) no habría estructuras psicopatológica estables, sino posiciones

por las que las personas transitan con relativa facilidad».

Para nuestros autores, tanto la visión discontinua como la continuista del

pathos tiene sus ventajas y sus limitaciones. A la primera le sobran los casos

inclasificables y «a la psicopatología continuista le faltan distinciones

cualitativas y adolece de casos típicos». Dentro de la psicopatología

psicoanalítica o estructural, por ejemplo, algunos autores han intentado

resolver el problema creando categorías intermedias como los casos límites y

las patologías narcisistas. En la primera clínica lacaniana se optó por ampliar

el perímetro de las neurosis –locura histérica– y a partir del nudo borromeo el

perímetro de las psicosis se ensanchó a fin de incluir en ella formas discretas

y normalizadas de locura. «Con esta nueva opción, la rígida perspectiva

estructural, partidaria de la discontinuidad, se vuelve más elástica y propende

a lo dimensional».

!4Pareciera ser que, sobre los límites o fronteras entre la normalidad y la locura,

actualmente asistimos a un cierto galimatías, ya que tanto el modelo

biomédico como el de las estructuras clínicas están configurando el nuevo

paradigma de las dimensiones sintomáticas, ejes o espectros: agrupaciones

sindrómicas con marcadores comunes; aunque cada uno lo hace en función

de sus resistencias a desprenderse de los paradigmas anteriores. Sea como

fuere la cuestión es que para nuestros autores «tanto trasiego indica la

connatural dificultad de nuestro objeto de estudio» y, por lo tanto, como no

podemos dar por acababa la reflexión sobre el pathos, es imprescindible no

enrocarse en posturas maximalistas. La propuesta de los autores pasa por

una clínica que articule lo discontinuo en lo continuo y las relaciones entre lo

uno y lo múltiple. Es decir: «lo que de normal tiene el loco y lo que de loco

tiene el cuerdo». Para esta dialéctica ven necesario redefinir el modelo

dimensional, ya que, de nuevo, hay dos modos de entender las dimensiones:

«la dimensión de orden positivista se opone a la dimensión hermenéutica, de

la misma forma que, como hemos señalado, la psiquiatría naciente dividió a

los psiquiatras en somáticos y psíquicos ya en el alba de su legitimación».

La dimensión biomédica «solo reconoce la dimensión psicótica de la persona,

a la que aborda como una única enfermedad, y el resto no lo conoce

simplemente lo numera y diferencia superficialmente, pues no quiere atender

a la subjetividad del enfermo. (…) No interesa conocer en profundidad cada

caso sino recoger los datos imprescindibles, según un protocolo prefijado,

para alojar o no al paciente en la dimensión común que le identifica». Con un

espectro tan difuso la intencionalidad ideológica es clara: ampliar el perímetro

de la prescripción farmacológica, es decir, el de la población a medicalizar, ya

sean adultos, principalmente mujeres, jóvenes, adolescentes o niños.

La propuesta de nuestros autores «es hacer de la dimensión un eje que

recorra todo el espectro humano que va desde las alteraciones mentales más

profundas a la más inocua normalidad, desde su condición más cuerda hasta

sus expresiones más enloquecidas. (…) En este sentido, cabe estudiar toda la

psicopatología siguiendo dos ejes que responden a la dimensión paranoica y

melancólica de la vida. De un lado, la melancolía representada por el deseo y

la tristeza, la soledad y la culpa, discurre desde la tristeza ordinaria a la

depresión más intensa y psicótica. Y del mismo modo, el eje de la paranoia

aúna la desconfianza y los excesos de la interpretación, trazando después la

distinción que separa a quien tiene su grano normal de sospecha, del

paranoico más receloso y de la propia esquizofrenia, entendida ésta como la

forma más aguda y extrema de paranoia».

Cuatro

En El sujeto de la melancolía, los autores nos dicen que coinciden con Louis

de Jaucourt en que «la melancolía es el sentimiento habitual de nuestra

imperfección», pues a pesar de que el ser humano se ve en el espejo a

!5imagen y semejanza de su omnipotencia, la realidad le muestra una condición

humana donde anida su precariedad, vulnerabilidad y caducidad. Ante esta

incomplitud, en el mejor de los casos la falta nos estimula el deseo y en el

peor se «sufre un desgarro que no cicatriza mediante identificaciones

simbólicas, sino que deja una herida por donde sangra la libido hasta provocar

la anemia del deseo».

Una vez más, como en todos sus dichos y escritos, F. Colina y J.M. Álvarez

revindican la melancolía que el cientificismo psiquiátrico–psicológico lleva

tiempo negando que es la herida esencial de la condición humana, y

queriéndola ocultar cambiándole de nombre para acabar tratándola como

enfermedad mental. «Resulta chocante que durante más de dos mil años la

depresión fuera únicamente uno de los signos de la melancolía y, por arte de

birlibirloque, en poco más de una centuria, la depresión absorbiera la

melancolía y la devaluara hasta hacer de ella una forma clínica un tanto

excepcional y ambigua». Y eso sin tener en cuenta que «gran parte de las

depresiones actuales son de origen neurótico y más concretamente histérico».

Como llamativo resulta que la psicopatología psiquiátrica haya fundido la

relación existente entre la melancolía y la manía en una sola enfermedad, que

en la nosología de Kraepelin figura como locura maniaco-depresiva. Hijo de

esta artificial y arbitraria clasificación, «el actual trastorno bipolar constituye la

degeneración de este proceso». Para los autores de este libro, el parentesco

de la melancolía se da con la paranoia, pues son las locuras parciales por

excelencia, mientras que la manía es un delirio general.

Del estudio de la psicopatología clásica, los autores concluyen diciendo que

«el melancólico se nos presenta como un paranoico de sí mismo». Luego, «no

se trata de dos enfermedades, sino de maniobras que el sujeto loco emprende

con vista a estabilizarse. Porque de haber un suplicio, ése es la melancolía» y

la paranoia su polo habitual de reequilibrio.

«Por otra parte, –escriben los autores– el estado maníaco que testimonia el

otro polo de Saturno puede entenderse precisamente como una defensa

psicológica contra las deudas que quedan negadas bajo la hiperactividad, las

compras masivas, la falta de atención y la fuga de ideas. De ese estado, como

de su opuesto más triste, le puede rescatar una oportuna idea paranoide que

extraiga la culpa de su interior y se la atribuya a los demás» .

Y de Freud, los autores destacan que a la inhibición psíquica y al dolor del

alma «añade un elemento esencial: la pérdida de la capacidad de amar»,

pues fue el que mejor entendió «la melancolía como un duelo por la pérdida

de la libido», y que las quejas del melancólico en realidad son acusaciones a

ese objeto perdido con el que se ha identificado… mortalmente.

Los autores entienden la melancolía como «una condición universal de la

!6subjetividad y también una condensación morbosa de la tristeza». Dos

extremos del eje melancólico, que junto al eje de la paranoia, recorren todo el

espectro humano, incluida su psicopatología.

Cinco

Finalmente, decir que este libro contiene dos títulos firmados por cada uno de

los autores, y donde se puede disfrutar de los estilos narrativos de cada uno.

J.M. Álvarez firma El hombre hablado. A propósito del automatismo mental y

la subjetividad moderna. En este trabajo nos habla de forma pormenorizada

de la xenopatía y el automatismo mental generalizado. A su manera de ver:

rigurosa y estudiosa, «las experiencias de la locura hablada y las

descripciones de los psicopatólogos –en especial Baillarger, Séglas y

Clérambault– se articulan con los descubrimientos de Freud, los retratos de

Joyce y las reflexiones de Heidegger. Junto a la lingüística moderna, todos

esos hilos, a los que más adelante añadiré el surrealismo, forman una trenza

en la obra de Lacan, el más preclaro de los comentaristas modernos de la

locura. Conforme a sus planteamientos, el sujeto se nos muestra como un

efecto del lenguaje, trauma por excelencia de la condición humana, cuya

expresión más fidedigna y habitual no es otra que el automatismo mental».

Y F. Colina firma Entre voces, y allí se dice: «La ternura es el antídoto más

potente contra la voz. Si hubiera llegado a tiempo se mostraría más eficaz que

el haloperidol. Pero la ternura padece en la esquizofrenia un retraso

irrecuperable. Definida como la semilla de una sonrisa que da el fruto de una

lágrima, su ausencia le impide al psicótico enlazar el cuerpo y el alma en una

unión que disuelva la oposición de los contrarios, y suelde la división del

sujeto para toda la vida. Por el fracaso de los besos y las caricias, el psicótico

se ve abocado a oír en su cabeza murmullos, frases e inquinas. (…) Bastó

para que Saussure diferenciara entre el significante y significado, para que

tuviéramos más claro el sustrato lingüístico de las voces. (…) Las voces de

los esquizofrénicos no son otra cosa que la consecuencia de que el sujeto se

dé de bruces con el universo imposible de simbolizar, con lo Real».

!7

Habilidades

Publicado el

7 septiembre 2025

Umbral
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