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Encuentro con el amor

Coral Cuadrada, URV

coral.cuadrada@urv.cat

https://urv.academia.edu/CoralCuadrada

1. 2. La primera filósofa, la primera sabia en los misterios del amor: Diotima

Los místicos: un goce más allá

3. Las beguinas

a) La Mística del Amor y la Mística del Ser

b) Corporalidad femenina y espiritualidad

c) Un lenguaje propio

4. Místicas contemporáneas

Antes de empezar agradecer a Umbral y, en especial a Laura, su invitación. Y a todas y todos los

que han acudido al Encuentro.

1. la primera filósofa, la primera sabia en los misterios del amor: Diotima

Diotima de Mantinea, maestra de Sócrates, es un epígono del presocratismo: fin de la

cosmogonía órfica y nacimiento del racionalismo griego. Se sitúa en el umbral de la leyenda. Es

la sacerdotisa griega que dicta a Sócrates el discurso

sobre el amor que después éste expone a los

comensales del Banquete de Platón. El tema que

ocupa al diálogo platónico es la importancia

concedida al amor como forma de conocimiento. En

el Banquete, Sócrates explica que el amor es el

intermediario entre la belleza y la fealdad, la

bondad y la maldad, los hombres y los dioses y que

se manifiesta a través de sacrificios, iniciaciones,

encantamientos, magia, etc. El amor es en Platón,

por tanto, una vía intermedia entre el mundo

fenoménico o de las apariencias y el mundo de las

ideas, un medio de unión entre ambos y una

Amor y Psique de Antonio Canova, 1787-1793

forma de acceder a la idea de Belleza. Tal y como2

se describe en El banquete, este acceso a la Belleza se produce mediante un proceso ascendente

basado en una serie de depuraciones progresivas. El método utilizado es el eros:

He aquí, pues, el recto método de abordar las cuestiones eróticas o de ser conducido por

otro: empezar por las cosas bellas de este mundo teniendo como fin esa belleza en

cuestión, y valiéndose de ellas como escalas, ir ascendiendo constantemente, yendo de un

solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas

normas de conducta, y de las normas de conducta a las bellas ciencias, hasta terminar,

partiendo de éstas, en esa ciencia de antes, que no es ciencia de otra cosa sino de la belleza

absoluta, y llegar a conocer, por último, lo que la belleza es en sí.

El filósofo es, por eso, y, como su propio nombre indica, un filo-sofos, un ser que ama la filosofía,

un enamorado.

Platón es el padre de la filosofía y el primero en reivindicar el conocimiento puramente racional.

Por esa razón, el Banquete ha sido considerado como un diálogo extraño en el conjunto de su

obra. Dos aspectos fundamentales, relacionados entre sí, así lo confirman: en primer lugar, el

hecho de que el tema tratado no sea la teoría de las ideas, la construcción de la república ideal

o la inmortalidad del alma, sino uno mucho más escurridizo, el amor. Por otro lado, la

adjudicación a una sacerdotisa maga de la cultura órfica de un discurso que después será

asumido por Sócrates y, por tanto, que resultará «vencedor» en la discusión con los demás

asistentes. Estos dos elementos han llevado a algunos exegetas de la obra platónica a considerar

que la descripción de Diotima sobre el momento supremo de contemplación de la belleza es un

acontecimiento místico.. y no racional, y que ese puede haber sido el motivo por el que Platón

prefirió adjudicárselo a una sacerdotisa y no directamente a Sócrates. La mística no es más que

otro camino de acceder a una unidad de manera amorosa.

2. Los místicos: un goce más allá

Es Lacan quien habla del goce más allá, en concreto en el Seminario 20, Encore (1972-1973).

Hablaba de la frigidez, y después dice:

«explorar a los filósofos sobre este asunto {sujet} del amor… toda la querella del amor físico y

del amor extático, como dicen… que el amor es tan extático en Aristóteles como en San

Bernardo, a condición de que se sepa leer los capítulos sobre la φιλία: philia, sobre la amistad.3

A pesar de todo hay un pequeño puente, un puente. Cuando ustedes leen a ciertas personas

serias, ¡como por azar son mujeres…! Voy a darles a pesar de todo una indicación al respecto,

que debo, así, a una persona muy amable, que lo había leído, y que me lo trajo. Yo me precipité

sobre eso, me precipité… esta Hadewijch d’Anvers es una Beguina, es una Beguina, es decir lo

que se llama así, muy amablemente, una mística… La mística no es todo lo que no es la política,

la mística es algo serio ¡eh!

Hay algunas personas, y justamente lo más a menudo mujeres, o bien gente dotada, como San

Juan de la Cruz… ¡sí! porque uno no está forzado, cuando uno es macho… uno puede también

ponerse del lado del no todo, sí. Hay hombres que son también como las mujeres, eso ocurre,

y que por eso mismo se encuentran en ello también, ellos entrevén… — digamos, a pesar, en

fin, no he dicho a pesar de su falo, a pesar de lo que los estorba a ese título experimentan, la

idea en todo caso, de que, que en alguna parte podría haber un goce que esté más allá. Es

lo que llamamos los místicos.

Pero en cuanto a la Hadewijch en

cuestión, en cuanto a Santa Teresa,

en fin, digamos a pesar de todo el

término… y luego además ustedes

tienen que ir a mirar en cierta

iglesia en Roma la estatua del

Bernini para comprender

inmediatamente, en fin ¿qué? ¡que

ella goza, de eso no hay duda! ¿Y de

qué goza ella? Es claro que el

testimonio esencial de la mística es

justamente decir eso: que ellos lo

experimentan pero que no saben

nada de eso. L’Estasi di Santa Teresa o Santa Teresa in estasi o Transverberazione di

santa Teresa, Gian Lorenzo Bernini, 1647-1651, chiesa di Santa Maria

della Vittoria, Roma4

Es quizá eso lo que debe hacernos entrever lo que concierne al Otro: este goce que se

experimenta y del que no se sabe nada. ¿Pero acaso no es eso lo que nos pone sobre la vía de

la existencia?»

3. Las beguinas

a) La Mística del Amor y la Mística del Ser

Se ha dicho que la vía mística empieza propiamente con el despertar del Yo a la conciencia de la

Realidad Divina. Experiencia habitualmente abrupta y muy señalada que va acompañada de

intensos sentimientos de alegría y de excitación. Cómo si el sujeto emergiera de una existencia

limitada y aparencial a un mundo superior, el mundo del ser, el mundo de aquello real. Cómo si

descubrieran que su existencia repusiera en un ente fundamental que lo hace posible y real.

Según los postulados de la corriente espiritual proveniente de la Orden del Cister –fundado por

San Bernardo al siglo XII- al cual las beguinas estuvieron espiritualmente unidas, Dios es Amor y

Caritas.

La teología escolástica comprende Dios como una fuerza exterior, todopoderosa, la cual da y

saca vida, juzga y condena. La mística especulativa –porque se pregunta sobre la idea de Dios-

pretende captar la esencia divina sin “pasar por la experiencia de Dios en el propio cuerpo”. La

metafísica del amor a Dios y su armoniosa fusión con la doctrina cristiana es uno de los

principales rasgos característicos de las beguinas y el que hace de su ejercicio espiritual algo

original e innovador.

El gran desarrollo de la mística nupcial en Occidente se remonta, en efecto, a los Sermones sobre

el Cantar de los Cantares de San Bernardo, en los que este aplicó el lirismo erótico del texto

sagrado a las relaciones del alma con la Divinidad.5

El Cantar de los Cantares de Marc Chagall (1887-1985)

No obstante, sin ellas – las beguinas- y sus hermanas se puede asegurar que ni la mística de

Echkhart, ni la de Ruysbroec el Admirable habrían sido lo que fueron. Ellos elaboraron y dieron

forma teológica a un tipo de experiencia que no era la suya, sino que había sido vivida por estas

mujeres en sus beguinajes o en sus conventos. Denifie ha afirmado que el encuentro del Maestro

Eckhart, (quién prefería reconocerse como Lebemeister [liibemaiste] – maestro de la vida,

maestro en vivo- antes de que como Lesemeister [lisemaiste]- maestro de las Escrituras, maestro

de las lecturas-), con las beguinas, fue el inicio de la mística dominica. Fue en los conventos de

monjas dominicas donde surgieron los inicios de la mística alemana. Lo que sí podemos afirmar

es que fue el contacto con las beguinas y las monjas dominicas lo que motivó Eckhart a

desarrollar una teoría de la experiencia mística.6

En aquellos tiempos las

beguinas canalizaron,

mediante su cuerpo

femenino, el poder de

Dios y el Amor a Dios. Es

esta inspiración directa

del Espíritu la que

establece un vínculo,

incluso una genealogía

femenina, entre las

espiritualidades de las

beguinas y de la

abadesa Hildegarda de

Bingen, quien vivió dos

siglos antes. Hildegarda

siguió la tradición de la

teología medieval de la

experiencia, que pone

en ejercicio los sentidos

interiores del alma con

el movimiento amoroso

que lo impulsa a auto-

transcenderse.

Hildegarda de Bingen, Scivias, s. xii

Hemos de distinguir, en las beguinas tres etapas, tres momentos, tres generaciones, que

construyen una continuidad entre ellas, como plantean Victoria Cirlot y Blanca Garí. El primer

momento está en el siglo XII, cuando desde las celdas de los conventos y monasterios se sienten

nuevas voces femeninas que escriben y predican en latín: Hildegarda de Bingen y Elisabet7

Schönau hablan desde la autoridad en primera persona. El segundo momento es el siglo XIII, del

cual se ha dicho ser por excelencia el siglo de la mística. La generación de las beguinas es aquella

que crea nuevas formas de lenguaje y de representación. Las espiritualidades femeninas se

transforman originalmente, traspasando los muros de los monasterios y reinventando los

modelos de vida de los creyentes, hombres y mujeres. El uso de las lenguas vernáculas reconocía

la validez de la lengua materna para escribir desde y para Dios, a la vez que abrió nuevos canales

de difusión de los textos. Y, finalmente, el 3er momento será del siglo XIV en adelante.

Entre el 1200 y el 1270 la escritura femenina se reconoció a sí misma en cuanto que conformó

una voz en primera persona y desde una motivación espiritual movida por el Amor, como esencia

creadora y móvil de auto-trascendencia. Esta es,

pues, la mística del amor, la Minnemystik

[minnemistick] o la conocida también como

mística cortés. Al final del libro IV de Matilde de

Magdeburgo insiste en este aspecto, el Amor es

el centro de la experiencia espiritual:

Este libro ha sido empezado

en el amor y tiene que concluir

en el amor, puesto que no hay nada

tan sabio

tan santo

tan glorioso

tan intenso

tan perfecto como el amor

Se ha considerado que Matilde realiza la unión

entre Hildegarda y la Minnemystik, que supone

un puente entre la Edad Medieval feudal y sacral

en su decadencia, y el advenimiento de la Edad

Medieval cortesana e individualista.

Las beguinas, además, tuvieron su subsuelo doctrinal en la espiritualidad agustiniana, la cual fue

modelada y según algunos autores incluso transformada, por la corriente cisterciense con la cual

las beguinas estuvieron también vinculadas. La herencia del que se ha reconocido como el “más8

griego” de los teólogos cistercenses, Guillermo de Saint-Thierry, está presente en los textos de

las beguinas, que abrazan la Mística del Ser o Wesenmystik [wiisinmistck]…

En una de sus primeras obras, titulada De natura et dignitate amoris, Guillermo de Saint-Thierry

expresa esta idea fundamental: la energía nupcial que mueve el alma humana es el amor. La

naturaleza humana de amar es en esencia la más profunda. Aprender a amar constituye,

entonces, la misión primera de los hombres y de las mujeres: “El arte de las artes es el arte del

amor… El amor es suscitado por el Creador de la naturaleza. El amor es una fuerza del alma, que

la conduce cómo por un peso natural al lugar y al fin que le es propio”

.

Guillermo fue “el primero en buscar un fundamento trinitario –inspirado en los alejandrinos-

para la unidad real y consciente del hombre espiritual con su Dios.” En su planteamiento de llegar

a ser lo que Dios es, Guillermo de Saint-Thierry pretendió transmitir que no hay ninguna otra

posibilidad de ser que la de ser en el Padre, mientras que a la vez, el Padre está en nosotros. Una

formulación metafísica que entronca con la fusión del versículo 3,14 del Éxodo: “Yo soy el que

soy” y con el 10,18 de Juan: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”.

Es esta “gnosis cristiana” la que volvemos a encontrar en las beguinas, a través de la doctrina de

la unidad de espíritu con Dios y la concepción del Amor –como Dama Amor– en el centro del

ejercicio espiritual, causa, medio y fin en sí mismo. Es el tema de la deificatio o divinización del

hombre, es decir, que el hombre se realiza a si mismo siendo más que hombre. Es un tema

clásico, presente y habitual sobretodo en los Padres griegos y retomado por algunos teólogos

medievales, como Guillermo de Saint-Thierry o Bernardo de Clairvaux.

La gnosis ha sido entendida en los poemas de la beguina Hadewich de Amberes como “esta unión

del amado y de la amada” que lleva a la deificatio del alma, es decir, que en última instancia la

lleva a ser “Dios con Dios” o también una “sin diferencia”. Sobre la pauta libremente seguida de

temas de la teología tradicional como la imagen de Dios en el hombre y la deificatio, Hadewich

invita una y otra vez crecer en el amor y en las virtudes “que hacen honor a Dios”, aceptando

toda pena “con orgullo valiente” hasta lograr el bien, que es “la gran totalidad de Dios”.

Una manera de vivir la espiritualidad desde el propio yo, la cual remite a algo que, a pesar de

provenir de fuera, toma el sujeto de la experiencia en sus propias formas dinámicas y la ajena

hasta un éxtasis deslumbrante y agobiante, que, unitivo, se consume en la relación de amor.9

La verdad mística es una verdad no dogmática ni conceptual, se niega a sí misma. Este amor es

goce y dolor a la vez, ternura y desesperación, pasión y sufrimiento que remite a aquel “otro”

que constituye la misma posibilidad del amor, un desespero que expresa con sufrimiento Angela

de Foligno:

Y cuando se alejó

empecé a llamar

en voz alta o

vociferar, y sin

ninguna

vergüenza gritaba

y clamaba

diciendo así:

Amor no

conocido, ¿por

qué me dejas?

Pero no podía

decir más y

gritaba sin

vergüenza estas

palabras y decía:

Amor no

conocido, y ¿por

qué y por qué y

por qué?

Pietro Lorenzetti, compianto (dettaglio basilica inferiore di Assisi 1310-1329)

Según Guillermo de Thierry, el amor tiene otra propiedad: ilumina la inteligencia y permite

conocer mejor y de manera más profunda a Dios, y en Dios, a las personas y a los

acontecimientos. El conocimiento que procede de la racionalidad humana puede reducir, pero

no eliminar, la distancia entre el sujeto y el objeto, entre el yo y el tú. Es desde la vía de los

sentidos, es decir desde el Amor, que se puede lograr una inteligencia iluminada, tocada por la

emoción espiritual de la experiencia. A esta experiencia, Luisa Muraro la ha denominado la10

“Contingencia de Dios”, la vivencia de ser tocada por Dios, la empatía ante la posibilidad de unión

con el otro y el goce de esta experiencia. El Dios de las beguinas no es ningún otro que el Amor,

una fuerza positiva, empática en cuanto que bidireccional, en relación, el objetivo de la cual es

la unión espiritual a través de la corporalidad, es decir, una unión esencial.

La espiritualidad de las beguinas es una vivencia potencialmente interior, requirió de nuevas

formas y vías de experimentación y expresión que tuvieron como centro la relación corporal y la

creación de nuevos códigos en el lenguaje a partir de las lenguas maternas. El latín no constituía

una herramienta para la transmisión de esta interioridad, siendo una lengua muerta carecida de

vínculo directo y emocional con la experiencia espiritual de las beguinas; una experiencia mística

que nos habla de vitalidad, de fuerza, de la pasión amorosa de la tradición cortesana. Era

necesario expresar aquello no expresable; hablar de imágenes para pensar sin imágenes cuando

la realidad interior acontecía irrepresentable, porque el Dios Amor de las beguinas es uno y

está/es en cada una de ellas. Es la incapacidad de nombrar, en la cual se mueve la expresión

literaria de Matilde de Magdeburgo:

Estas son las palabras del canto, pero las voces del amor y el dulce sonido del corazón tienen

que ser silenciadas, puesto que no hay mano humana que pueda describirlo.

Es el ejercicio del auto-representación, a través del cuerpo y del lenguaje, de la iluminación

mística y personal de estas mujeres el que, por sí solo, sexúa la experiencia espiritual de las

beguinas, puesto que cómo Dios, “el orden simbólico es uno, pero la experiencia de vivirlo en un

cuerpo de mujer es diferente de vivirlo en un cuerpo de hombre, y así se manifiesta en la

historia.”11

b) Corporalidad femenina y espiritualidad

… I ella posave tant la boca en la dita nafra, e rebia tanta consolatio que no podia explicar.

Gabriel Mora, La vida y Revelaciones de sor Helisabet Cifra. Manuscrit, s. xvi

Así habla el biógrafo de Elisabet de Cifre de como la beguina vivió la experiencia del cuerpo

sufriente de Cristo en su propio cuerpo, presentándose en ella misma la corporalidad y el

sufrimiento de Cristo “como el texto que tiene que ser leído”.

La historiadora de EEUU Caroline Bynum señaló que la investigación del dolor era más

importante en la religiosidad femenina y sugirió que –al torturarlo- las mujeres no rechazaban

su cuerpo, sino que lo identificaban como un símbolo de la humanidad de Cristo y de ambos

géneros, y lo mediaban como un medio de acceso a la divinidad, así como una fuente para la

adquisición de poder.

Maria de Oignies, según su biógrafo Jacques de Vitry, se envolvía con una cuerda áspera mientras

tenía una relación sexual con su marido. Así, ella ejercitaba secretamente el poder sobre su

propio cuerpo, que no podía ejercer abiertamente. Después de acordar un matrimonio casto con

su marido, su biógrafo explica como Maria siguió castigando su cuerpo, subyugándolo

completamente a su espíritu y quedó tan seca que nunca más tuvo deseos sexuales.

La expresión de la devoción por una persona en el siglo XII toma la forma de la immitatio Christi,

una investigación de la conformidad y la identificación con el Cristo humano y su sufrimiento.12

Una vez que Cristo es visto como un humano, capaz de sufrir dolor y habiéndolo aceptado

voluntariamente para llevar a otros la salvación, las personas, especialmente los místicos y las

místicas consagradas, quieren imitarlo para llegar a él. Las personas hieren su cuerpo para probar

su amor, convirtiéndolos en sacrificios vivientes o mártires voluntarios. Es este amor el que ayuda

a la beguina Maria de Oignies a trascender el dolor cuando ella corta trozos de su cuerpo con un

cuchillo para castigarlo por haber disfrutado de la carne y del vino.

En este sentido, la mortificación es entendida como una vía legítima. La permanencia en la

penitencia es la que permite que los sentidos corporales desaparezcan y se agudicen los sentidos

del alma. El lenguaje imaginativo del nacer y el renacer pertenece al campo semántico del

cuerpo, del fluir de la mujer. En el dolor del desierto se gesta la vida. El dolor es corporal también.

Son las imágenes las que nos han puesto en relación directa con estas experiencias.

Esta es a la vez una relación con el propio cuerpo formulada desde la concepción neoplatónica:

el cuerpo es una prisión de la cual nos hemos de desprender, para romper con toda la

representabilidad.

Así lo expresa Margarida

Porete, condenada a la

hoguera en 1310, en su

libro Speculum animarum

simplicium, el cual

transmite la idea que el

alma tiene que ir

desprendiéndose de todo

–la libertad de no querer–

para devenir un espejo

simple que refleje la

voluntad divina.13

Su afirmación “Absque aliqua impuritatem”, “es imposible la contaminación”, muestra la gran

libertad de que disfrutan las almas más avanzadas, que pueden pasar por el fuego de las

tentaciones del mundo, del demonio y de la carne, sin ser afectadas. La condición para que se

produzca este aniquilamiento es la abolición de la voluntad: el alma no quiere nada para ser

capaz de querer exclusivamente el querer divino:

Amor: Esta Alma –dice Amor- nada en la mar de la alegría, es decir, en la mar de las delicias

que escapan y fluyen de la Divinidad, y no siente alegría alguna, pues ella misma es alegría y

nada y flota en alegría sin sentirla, porque habita en Alegría y Alegría habita en ella; ella

misma es alegría en virtud de Alegría que la ha transformado en sí misma.

[…]

El Alma: ¡Ah, dulcísimo, puro y divino Amor! –dice esta Alma-

, ¡cuán dulce es la

transformación de mí misma en aquello que amo más que a mí misma! Y hasta tal punto me

he transformado que he perdido mi nombre para amar lo que apenas podía amar; en Amor

[me he transformado], pues no amo a otro que a Amor.

En su pensamiento libre, el amor transforma el cuerpo y el alma de Dios, anulando la diferencia

entre la naturaleza humana y la naturaleza divina: “entre su Amigo y ella, por transformación de

amor, no existen diferencias, sean qué sean sus naturalezas.” La espiritualidad de las beguinas

no suponía pues la neutralización de su cuerpo, sino que “su función se caracterizaba por el

contacto directo con el cuerpo de los otros: el de los enfermos, los desvalidos, los moribundos,

los muertos”. Contacto con el cuerpo, conciencia del propio cuerpo, que las acompañarán a lo

largo de su recorrido vital.

Su práctica de la piedad estuvo vinculada a la castidad, una opción voluntaria que compartieron

con el resto de mujeres religiosas, quienes vivieron tanto dentro como fuera del claustro.

Christine de Pizán nos habla de “las sabias sibilas, tan fecundas en el saber [las cuales ya]

observaron una estricta castidad”. Desde los primeros siglos de la Cristiandad fueron muchas las

mujeres que optaron por la Boda con Dios, lo cual “constituye una prueba de la profunda

traumatización de la mujer en relación con su experiencia de una sexualidad impuesta”.

La virginidad, cuando era una opción voluntariamente mantenida, podía proporcionar a la mujer

el control del propio cuerpo, alejado de la imposición sexual masculina. Pues la castidad podía

manifestarse como una opción liberadora del poder que la sociedad patriarcal ejercía sobre el

cuerpo de las mujeres. No sólo con su modelo de vida, sino también con esta apropiación del

propio cuerpo, las beguinas rechazaron el sistema de parentesco heterosexual, basado en la14

familia y en la instrumentalización del cuerpo femenino para la maternidad. Un cuerpo propio es

un cuerpo no mediatizado, que en palabras de María Milagros Rivera, tiene la posibilidad de

convertir un cuerpo de mujer en un cuerpo femenino.

c) Un lenguaje propio: “Las cosas que digo son piedras preciosas…”

Los textos de las beguinas, que Luisa Muraro ha denominado “teología en lengua materna”,

fueron originalmente escritos en lenguas vernáculas. Según la descripción que Juan hace a su

Evangelio del Verbo: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”(1,

1-2) la Palabra adquiría un poder crucial inaccesible para las mujeres, para quienes el silencio era

una virtud y una imposición. No obstante, con las nuevas espiritualidades que florecieron en el

siglo XII se dio mayor énfasis a otros versículos que acercaban al cristiano al ejercicio de llegar a

Dios: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”(1, 14). Es esta humanidad de Cristo la

que especialmente acontece accesible a las mujeres, las cuales practicaban la penitencia y vivían

las emociones de Dios de manera más corpórea.

Además de una sólida cultura teológica, las beguinas tenían grandes conocimientos de las

lenguas vernáculas y de las nuevas formas literarias vinculadas a la creación cortesana. Las

lenguas llamadas vulgares encontraron su primer momento, en materia de literatura espiritual,

en los textos de las beguinas. El uso de las lenguas maternas implicó el éxito y la rápida difusión

de estos escritos, pero a la vez fue la base de las condenas provenientes de la Iglesia, y es que

“Dios omnipotente cristiano, según dice el evangelio de Juan, es la Palabra… [que] a las mujeres

no nos pertenece. No nos pertenece ni su invención en la profecía, ni su transmisión en la

predicación, ni su manipulación en la teología. Es decir, este acceso nuestro a la gracia tiene que

estar necesariamente mediatizado por hombres”.

Ellas entonces “vienen de lejos; de siempre; de fuera”, situándose en el propio presente a partir

de auto-representarse por medio de un lenguaje propio. Los pocos textos que nos han llegado

escritos directamente por beguinas hablan de una voz propia expresada desde la subjetividad

femenina y es que estas, la voz en primera persona y en lengua materna, serían sus nuevas y

originales formas de transmitir una experiencia espiritual vivida desde un consciente cuerpo

sexuado. Margarita Porete, Hadewich de Amberes y Matilde de Madgeburgo son las voces que15

nos han llegado directamente, pero que se han entendido como la representación de otras

muchas mujeres que no pudieron o no supieron hacerlo, o que lo hicieron y se perdieron sus

textos.

La escritura de las beguinas traduce en lengua materna sus experiencias apasionadas,

consolidando las bases de la construcción de una subjetividad femenina autónoma. Una lengua

muerta, desarraigada de los cuerpos, como la latina, seguramente no les permitía nombrar el

mundo, puesto que “si el lenguaje se concibe como representación o sustitución de aquello

experimentado en lo corporal, pero a costa de ignorar el auditivo, el táctil, es imposible que se

pueda restituir el sentido inaudito de la experiencia sexuada si no cambian los propios

fundamentos del lenguaje.”

Los textos de las beguinas vienen del cuerpo e intentan con deleite que este sea su lenguaje.

Matilde de Magdeburgo nos habla aquí de la experiencia corporal que motiva su producción

literaria:

“No quiero y no puedo escribir si no lo veo con los ojos de mi alma y no lo siento con el

oído de mi espíritu eterno, y si no siento en todos los miembros de mi cuerpo la fuerza del Espíritu

Santo”

.

Es así como el lenguaje deja de ser un instrumento para devenir un mediador.

Su expresión se sirve de un discurso subversivo que rompe con el estilo especulativo de la

teología escolástica. La Mística del Amor abraza el lenguaje cortés nutrido de connotaciones

sexuales que permiten a sus autoras hablar de la unión con Dios como una experiencia espiritual,

vivida desde el propio yo, y surgida del amor y de la unión de las dos esencias:16

Tú eres sentimiento de amor por mi deseo,

Tú eres dulce refresco para mi pecho,

Tú eres beso íntimo para mi boca,

Tú eres beato goce de mi hallazgo.

Yo estoy en ti y tú estás en mí,

Y no podemos estar más cerca

Porque ambos hemos confluido en uno

Y estamos fundidos en una sola forma

Y permaneceremos eternamente

imperturbables

La escritura aparece para estas mujeres

como la realización de “la relación des-

censurada de la mujer con su sexualidad” y

como la restitución de su cuerpo negado.

Escribir se convierte entonces en una

necesidad imperiosa: “Creo que si ella no lo

hubiera puesto por escrito habría muerto o

se habría vuelto loca, dado que no había

dormido ni comido en siete días, y no había

hecho nada para ponerse en este estado”

.

La espiritualidad de las beguinas y su afán

Dante Gabriel Rossetti 1828-1882

por la escritura les permitió, lo que Blanca Garí afirma pensando en Margarita Porete: decir y

decirse. Si, como dice Luisa Muraro “saber hablar quiere decir, fundamentalmente, saber traer

el mundo al mundo” podemos afirmar que las beguinas hablaron, y sobre todo hablaron desde

y de una interioridad la cual supieron establecer, en armonía, en el mundo, creándose para ellas

una habitación propia, un espacio simbólico.

4. Místicas contemporáneas

Hay muchas: Edith Stein, Simone Weil, Josefa Segovia, Beata Alexandrina Maria da Costa, Marthe

Robin, Teresa Neumann, Joy Davidman, Etty Hillesum… María Zambrano.17

María Zambrano juega un papel fundamental a la hora de examinar la recepción de la mística y

las formas específicas de pensamiento místico moderno en el siglo XX. Al desarrollar su “razón

poética”, la escritora pone en práctica una forma filosófico-poética de escribir, remitiendo

siempre a ese “otro”, o “más allá” de lo humano que permanece como algo intelectualmente

incomprehensible. Sus textos muestran muchos paralelos con el pensamiento místico, tanto

conceptuales como lingüísticos. Este hecho se ha recalcado a menudo en los estudios sobre su

obra.

En la obra: Diótima de Mantinea de la escritora María Zambrano, el mito de la filósofa griega es

despertado y enriquecido por Zambrano. Según expresa Antonio Colinas, la obra está escrita en

prosa poética en el más alto sentido de esa expresión, y en su texto la escritora prueba que la

filósofa estuvo en posesión de saberes más propios de los presocráticos y de los pitagóricos.

Zambrano recoge de Platón esta idea del amor como modo de conocimiento, en la medida en

que es integrador, mediador entre contrarios, y que permite recuperar la unidad escindida desde

el origen de la filosofía y de la historia del hombre, entre sujeto y objeto, razón y pasión, y, cómo

no, entre filosofía y poesía. A esa recuperación, Zambrano la denomina «desnacimiento» y el lugar

al que se «desnace» se denomina «sentir originario», que puede ser equiparable al paraíso

perdido, al mito de la caída, al estado natural, etc.

El amor, igual que la razón, también busca y encuentra una unidad, porque el enamorado se funde

con el objeto amado en un único ser. Esta unidad encontrada por la vía del amor es el tema que

me interesa destacar. La filosofía, mediante la razón, había conseguido la instauración de otro

tipo de unidad (parmenídea en primer lugar), pero ésta, a diferencia de aquella, estaba basada

en una serie de reducciones, y abstracciones, tras de las cuales se construía un objeto, el ser, que

era ideal, inmutable, idéntico a sí mismo y único, pero irreal. El amor en Platón y en la mayor

parte de la filosofía zambraniana, da paso, sin embargo, a esa otra unidad no ideal, sino real, una

unidad superadora de la bifurcación inicial del hombre con respecto a sus semejantes, de lo claro

y lo oscuro, de la noche y el día, etc. La conocida razón poética zambraniana, en este sentido, no

es más que una forma de aprehensión de las cosas basada en una apertura más allá de los

estrechos conceptos filosóficos y de su limitación. Busca, en definitiva, la reintegración de las

cosas o lo que es lo mismo, el trato amoroso con ellas. La razón poética, unidad de filosofía y18

poesía, tiene, por eso, un alto contenido erótico: «Poesía y razón se completan y requieren una a

otra. La poesía vendría a ser el pensamiento supremo por captar la realidad íntima de cada cosa,

la realidad fluyente, movediza, la radical heterogeneidad del ser. «Razón poética, de honda raíz

de amor.” Pues bien, tanto en el texto socrático, como en el zambraniano, aparece pues un

elemento común: la búsqueda de una unidad, diferente a aquella abstracta e ideal, que sea

conseguida, no por la razón, sino por medio del amor. En el caso de Zambrano, no resulta extraña

esta apuesta irracionalista, pues la pensadora es deudora de una época en que esta filosofía ha

entrado en crisis, y busca ya caminos alternativos en los que asentar su saber.

Esta unidad proporcionada por el amor, y que lleva a la contemplación de una realidad absoluta

también aparece expuesta por la Diotima zambraniana en el texto que analizo. En mi opinión, la

unidad conseguida vía erótica tiene varias formulaciones diferentes que aparecen directa o

indirectamente, por supuesto, en otros momentos posteriores de la obra de la escritora. Vamos

a ir viendo estas formulaciones. La sacerdotisa zambraniana pone de manifiesto en varias

ocasiones la imposibilidad de describir algunas las visiones que está teniendo:19

Otra noche vi dormida, pero no en sueños, en ese espacio donde las cosas son

enteramente lo que son, en una claridad sin resto alguno de opacidad, la luna blanca, pura,

ensimismada; su luz no irradiaba ni tenía fosforescencia, ni resplandecía ni brillaba, era la

luna y su luz quieta. Mas tampoco esto lo sé poner en palabra porque nunca he podido

pensar.

Las visiones de la Diotima zambraniana tienen, por tanto, un carácter inefable. Esta

característica, más que esclarecer el objeto contemplado, lo hunde en un hermetismo todavía

mayor, que tiene, sin embargo, un sentido profundo. Antes de la alusión a esta inefabilidad de

la visión mística, la Diotima zambraniana comienza poniendo de manifiesto que ya nadie se

acerca a ella para que, como sabia, le muestre su sabiduría, tal y como ocurría antaño, y que,

como consecuencia, se ha tenido que ir retrayendo hacia sí misma hasta llegar, finalmente, al

silencio. La cita en la que se alude a esto, creo, es mucho más plástica que lo que pueda yo

explicar:

Recogida en mí misma, todo mi ser se hizo un caracol marino; un oído; tan sólo oía. Y quizás

creía estar hablando, cuando las palabras sonaban tan sólo para mí, ni fuera ni dentro;

cuando no eran ya dichas, ni escuchadas, tal como yo había soñado deberían de ser las

palabras de la verdad.20

Es decir, Diotima se retrotrae hacia sí misma buscando las palabras en su interior, en su estado

virginal, original, anterior a su decir. En cierto modo, se contrapone al logocentrismo racionalista

occidental en aras de la experiencia del silencio, y, en todo caso, de la comunicación místico-

poética. Sustituye el hablar por el oír. Se busca la palabra no dicha todavía, que, para ella, es la

palabra de verdad. Y es palabra de verdad, precisamente, y esto es lo que me interesa, por no

haber sido separada todavía del sujeto parlante, porque, en ella, se mantiene aún la unidad con

lo real, con la profundidad de las entrañas, con los ínferos de los que parte, una unidad que se

rompe en mil pedazos cuando las palabras son por fin proferidas y expulsadas al exterior. Esta

búsqueda de la palabra inicial, primigenia, situada en los albores del decir, apunta ya a buena

parte de las ideas vertidas por Zambrano en sus últimos libros, sobre todo, De la aurora y Claros

del bosque. En ellos, la pensadora también apuesta por la recuperación de la palabra inocente,

originaria, por el balbuceo, antes de la lógica del decir y del pensamiento, que «cosifica» las ideas

en conceptos, petrificándolos y destruyendo su energía y poder: la fysis, ese término sagrado,

misterioso, se convierte, mediante la acción del pensamiento, en aquel otro término dominado

por el hombre, liberador de connotaciones, aséptico, que es el término de «naturaleza». En

definitiva, la palabra no dicha, la interior, es la primera unidad amorosa no rota por la acción del

pensamiento, por logos. Es la primera unidad, por tanto, que guarda celosamente la sacerdotisa

Diotima junto con su sabiduría con ella celada. El hablar ha sido sustituido por el escuchar; sus

palabras de sabia, por el silencio.

Pues bien, hay un estado humano que reúne todos estos tipos de unidades. Me referiero al

sueño. La Diotima zambraniana habla precisamente desde la duermevela, desde ese estado en

el que las cosas se ven de otra manera: «Tuve un sueño, no sé si lo fue, creo que sí: una sierpe

avanzaba hacia mí: no era mala ni traía quizás ninguna gota de veneno», , o más adelante, «Por

entonces comencé a ver de vez en cuando, en ocasiones dormida y en ocasiones despierta, de

un modo diferente». Los sueños serán en la obra zambraniana un tema de preocupación

recurrente durante los años sesenta y un tema que dio lugar a la publicación de dos libros

fundamentales: Los sueños y el tiempo y El sueño creador. Por falta de tiempo, no entraré a

analizar este tema, pero sí anotaré brevemente que el sueño es, para Zambrano, una de las21

formas en que puede darse lugar al «desnacimiento» y que permite entrar en contacto con ese

«sentir originario» anterior a la historia de la filosofía. Los sueños vienen a ser más o menos,

como los restos del paraíso que han sobrevivido en la historia humana.

Una última unidad nos lleva al término de este encuentro: se trata, esta vez, de un símbolo

literario, repetido por numerosos poetas y escritores a lo largo de la historia: el mar. La unidad

que simboliza el mar es algo evidente en lo que no hace falta incidir. En el texto zambraniano,

el mar es además símbolo de la muerte, es decir, que es, en realidad, la unidad absoluta. Y la

Diotima zambraniana está al borde de la muerte, a la orilla del mar. Mientras termina su

discurso, Diotima sufre una última transformación:

Y así me he ido quedando a la orilla. Abandonada de la palabra, llorando interminablemente

como si del mar subiera el llanto, sin más signo de vida que el latir del corazón y el palpitar

del tiempo en mis sienes, en la indestructible noche de la vida. Noche yo misma.22

DEBATE:

el cual escribo desde el recuerdo y las mínimas anotaciones que tomé al hilo de las preguntas. Con

la distancia y menos premura de tiempo las respuestas serán más amplias de lo que entonces

fueron.

– Las beguinas me llevan a recordar a las santas medievales, a las anoréxicas, como santa

Catalina de Siena, místicas y anoréxicas, se cuenta que vivía comiendo sólo hierbas, ¿tienen

relación con las beguinas?

– Bien… no sabemos con exactitud qué significa que se alimentara sólo de hierbas, como

narran las hagiografías, es cierto. Aunque hoy en día, con las modas vegetarianas y veganas

se podría decir de algunas personas lo mismo, no? Hay otras santas medievales de las que

sus biógrafos cuentan que sólo se alimentaban de la Eucaristía… y algunas llegan a morir

de desnutrición, nos consta. Que sean místicas no significa que fueran beguinas, las

beguinas viven una espiritualidad libre, no están sujetas a una orden religiosa.

Además, la frontera que separa la ortodoxia de la herejía es muy tenue, muy débil, y serán

siempre los hombres –confesores principalmente, aunque también inquisidores– quienes

dirán si están dentro o fuera de lo que la Iglesia considera correcto.

Caroline Walker Bynum, una medievalista norteamericana, escribió un libro importante

para entender el significado del alimento en las místicas medievales, Holy Feast and Holy

Fast. Bynum expone como entre 1200 y 1500 se canonizó a mujeres religiosas por su

extraordinaria devoción a la Eucaristía, milagros corporales –estigmas– e inedia –vivir sin

comer. Rechaza las interpretaciones médicas y psicológicas modernas, presentistas todas

ellas, que suponen a estas mujeres como explotadas o masoquistas, y, por el contrario,

muestra el poder y creatividad de sus textos y sus vidas. Dice que el alimento está en el

centro de la piedad femenina, que renuncian a la comida ordinaria mediante el ayuno para

prepararse a recibir la comida eucarística extraordinaria. Las mujeres religiosas sacrifican

su cuerpo también al considerarse hijas de Eva y, por tanto, culpables de la encarnación

del Hijo de Dios y de su muerte en la cruz.

Existe también, en estas místicas, el rechazo a la heterosexualidad y el matrimonio

obligatorios. Catalina de Siena, hija 23 de 25 hermanos, a los 15 años presenció la muerte

de su hermana Buenaventura de parto, un hecho nada banal en su proceso de conversión

y de entrega a Dios.

– En lo que decías del uso lenguaje materno en los textos de las beguinas, ¿se pueden

considerar un antecedente de los protestantes?

– No fueron las primeras en usar el lenguaje materno, antes de ellas las trovadoiritz y los

trovadores, ya poetizaron en el idioma de las emociones, de la intimidad, de la vida

cotidiana y del amor. O sea que las buenas mujeres cátaras leyeron poesía en lengua

materna. Lo que significa un paso adelante es escribir textos sagrados, no profanos, en el

habla común, accesible a todas las personas, relegando el latín, propio de las gentes cultas,

de los teólogos, monjes y monjas, y universitarios. Hildegarda, por ejemplo, escribió en23

latín, y muy pronto fue nombrada Doctora de la Iglesia.

Es importante decir que el maestro Eckhart, también universitario, empieza a escribir en

la mal llamada lengua vulgar después de conocer a las beguinas. Y que no creo

equivocarme si sugiero que igualmente las beguinas influenciaron a Ramón Llull, quien está

considerado el autor más universal de la cultura catalana y el primero que se sirve de la

lengua vernácula para hacer llegar mejor a todo el mundo sus conocimientos filosóficos,

teológicos y místicos.

En relación a las y los protestantes, el antecedente inmediato fue Geert Grote, nació en

octubre de 1340, en Deventer (Países Bajos), hijo de un rico comerciante. Hacia los treinta

años, después de largo estudio, siendo canónigo en la catedral de Aix-la-Chapelle,

experimentó la conversión. Escribió entonces varias Decisiones e Intenciones: renuncia a

las prebendas eclesiásticas, reducción de sus posesiones, centrándose en la salvación de

su alma. Regaló la mayor parte de sus propiedades, entró como huésped en un monasterio,

donde se dedicó a aprender Historia de la Iglesia. Tres años más tarde empezó a predicar,

primero en las cercanías, luego en otras zonas flamencas. Llamó a la oración, ayuno y

penitencia, subrayando que la vida había de ser sincera interior y exteriormente, sin ella

todo era vano. A partir de esos momentos empiezan los discípulos a compartir la existencia

fuera de los muros monacales, extendiéndose el modelo en las llamadas casas de los

Hermanos y Hermanas de la vida común. A pesar de que Grote siempre se mantuvo fiel a

la jerarquía, se le prohibió predicar, como resultado de su éxito. Se retiró y murió en 1384.

El punto central de su renovación espiritual era la búsqueda de la paz interior, resultado

de la negación de sí mismo, que había de conseguirse con “ardor y silencio”. Ahí se

encontraba el corazón de la nueva devoción, la devotio moderna. La preocupación capital

era la de sumergirse en Jesús e imitar la vida de Cristo, La imitación de Cristo, atribuida a

Thomas Kempis, quién murió en 1471, fue uno de los libros más leídos del mundo. Debe

ser interpretado como el “diario del alma en su camino a la perfección”. La devotio

moderna fue asimilada por la Reforma protestante, y se considera un movimiento que la

anticipa. Entonces, las casas de las Hermanas pueden ser en muchos lugares comunidades

de beguinas.

En Barcelona tenemos documentada la comunidad de las reclusas de Santa Margarita, en

la plaza del Padrón, en el Raval, quienes aunaron los ideales evangélicos de Marta y María:

acción y contemplación. Nos dicen las escrituras de la época que eran mujeres que estaban

en “santa conversación”; sabemos que leían libros en lengua vernácula de Ramón Llull; y

cuidaban de los enfermos, en concreto de los leprosos del hospital de Sant Llàtzer (Lázaro).

Con toda seguridad leían también los Evangelios, haciendo caso omiso de la denuncia que

el franciscano Gilbert de Tournai, en el informe presentado al Papa en el Concilio de Lión

de 1274 había escrito: “Hay entre nosotros mujeres llamadas beguinas. A cierto número

de ellas les atraen las sutilezas del pensamiento y se complacen en las novedades. Han

interpretado en lengua vulgar los misterios de las Escrituras. Las leen en común, con

irreverencia, con audacia, en pequeñas asambleas, en los talleres y en medio de la calle.

Yo personalmente he visto, leído y tenido entre mis manos la Biblia en lengua vulgar […] Se

han de destruir los libros peligrosos para que el verbo divino no se vulgarice en lengua

vulgar, las cosas santas no se den a los perros y las margaritas a los cerdos”.24

– Respecto al éxtasis de santa Teresa que has citado, entiendo que existe una vinculación

entre sexualidad y mística…

– Sin duda, las mujeres viven la mística desde una absoluta corporalidad: éxtasis,

arrobamientos, visiones.

– Estas casas de beguinas son muy grandes en Bélgica. ¿De dónde, cuál es el origen de la

palabra beguina?

– Elena Botinas y Julia Cabaleiro dicen que reclusión, beguinato o beaterio son algunos de

los nombres que designan este espacio material en el que habitan las beguinas o reclusas

–con ambos nombres son conocidas estas mujeres en Cataluña– y que puede adoptar

formas y dimensiones diversas, ya que puede tratarse de una casa o una celda, un conjunto

de casas o una auténtica ciudad dentro de la ciudad, como los grandes beguinatos

flamencos, declarados Patrimonio de la Humanidad el año 1998. Todos ellos, sin embargo,

representan una misma realidad: un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni

heterosexual. Es una espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de

parentesco patriarcal, en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa

y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual

actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto,

se convierte en abierto y cerrado a la vez. Un espacio de transgresión a los límites, tácitos

o escritos, impuestos a las mujeres, no mediatizado por ningún tipo de dependencia ni

subordinación, en el que actúan como agentes generadores de unas formas nuevas y

propias de relación y de una autoridad femenina. Un espacio que deviene simbólico al

erigirse como punto de referencia, como modelo, en definitiva, para otras mujeres.

En la catedral de Albi, en el baptisterio, encontré, a un lado, una de estas celdas en la que

un cierto tipo de beguinas se recluían: las muradas. He de confesar que me emocioné.

El origen de la palabra es incierto y está sujeto a interpretaciones diversas: del sacerdote

Lambert le Bègue; de beghen, en flamenco antiguo, con el sentido de pedir (pedir al orar

o tal vez peyorativamente, pese a que en realidad nunca fueron mendicantes); por Bega,

santo patrón de Nivelles, donde, según una dudosa tradición, se estableció el

primer beguinaje; por el hábito de color beige de lana burda, parecido al de los

“humillados” de Italia. La verdad es que no hay unanimidad. Lo que sí se conoce es que la

palabra “beguina” aparece por vez primera, en los territorios que formaban la Corona de

Aragón, en la obra Blaquerna, de Ramón Llull, escrita en Montpelier en 1283.

– Lo que explicas me recuerda un libro, ahora no recuerdo el autor, es el que escribió El

mundo de Sofía, el libro se llama Vita Brevis, está editado por Empúries, sobre la amante

de san Agustín…

– Lo desconozco. Lo buscaré. San Agustín es un personaje interesante, no sólo desde el

punto de vista teológico, sino también histórico y biográfico. Se cuenta que su madre, santa

Mónica, pasó su vida rezando para que su hijo se convirtiera, y el también oraba, le decía

a Dios: “Señor, Señor, hazme casto… pero todavía no”.25

– La figura de Diotima… ¿existen escritos reales suyos? ¿existió realmente? Se conoce a

Aspasia de Mileto, pero Diotima?

– Lo que se sabe de Diotima es sólo por El Banquete de Platón, como he dicho antes Sócrates

explica que era una sacerdotisa que le había enseñado la “filosofía del amor”. No sé si ha

quedado del todo claro, la tesis más importante de Diotima es que el amor es un anhelo

de inmortalidad. Antepone al amor físico, que consigue la inmortalidad a través de la

descendencia, es decir, mediante la maternidad, al amor espiritual, superior, que da luz a

ideas y pensamientos que de por sí mismos son inmortales. Lo que vincula a Diotima con

las beguinas es el fin último del amor: ayudarnos a ascender al conocimiento de lo divino.

En relación a su historicidad, recordemos que casi todos los personajes que aparecen en

los diálogos platónicos eran personas que vivían en la antigua Atenas. Ahora bien, es cierto

que la mayor parte de los estudiosos del siglo XX han pensado que Platón había basado en

Aspasia, maestra de retórica, logógrafa, hetaira y amante de Pericles, de tan impresionado

que estaba de su inteligencia.

– Hablando de la sexuación, algunos hombres, como por ejemplo san Juan de la Cruz, llegan

también al goce otro.

– Completamente de acuerdo. Es que confundimos hombre o patriarcado, y entonces

hacemos esa dicotomía: hombre igual a patriarcado, mujer igual a no patriarcado, y eso es

un error a mi entender grave. Porque hay mujeres mucho más patriarcales que muchos

hombres, los ejemplos están ahí, piénsese en los más citados: Thatcher, Golda Meir, etc.

En la edad media se habla de mujeres viriles.

Siguiendo con la dicotomía, estereotipamos y atribuimos virtudes y defectos en base a la

diferencia de sexos, y resulta que las mujeres son virtuosas y los hombres defectuosos,

ellas buenas y ellos malos, eso funcionaba con el feminismo de la igualdad, pero hoy en día

es indefendible. Ni desde la perspectiva de la teoría de la diferencia sexual ni después de

Judith Butler y su Gender Trouble, mal traducido, según mi opinión, como El género en

disputa, cuando la autora propone la subversión de la identidad, no el conflicto o la disputa.

Pero volviendo al goce otro y a los hombres, sí, claro que sí, no sólo hay místicas, hay

místicos que viven, sienten y advierten en sus cuerpos y en sus experiencias las mismas

vivencias, con independencia del sexo.

– Has hecho un salto de las beguinas a María Zambrano. Dices que el siglo XIII es un siglo

maravilloso pero yo no lo entiendo así, ¿cómo puede ser maravilloso liberarse del deseo

para llegar a ser el Cristo sufriente? Yo veo ahí el masoquismo femenino originario, según

Freud.

– He dicho que el siglo XIII se puede llamar el siglo de la mística, y en este aspecto es

maravilloso, extraordinario. Hemos de ir con cuidado en no caer ni en el anacronismo ni

en el presentismo cuando hacemos análisis histórico, no podemos interpretar el pasado

desde teorías actuales: Freud no sirve para el siglo XIII.

En cuanto al deseo, he expuesto que las beguinas rechazan una sexualidad impuesta, el

matrimonio y la heterosexualidad, pero pueden haber otros tipos de deseo, y no veo que26

esos otros tipos de deseo hayan de ser masoquistas. Pero yo no hago psicoanálisis, soy

historiadora, medievalista y teórica feminista, nada más.

– Al citar a las místicas contemporáneas me has hecho pensar en Adelaida García Morales,

la conoces? Creo que podría incluirse en la lista.

– Gracias. No, no la conozco, también la buscaré, gracias.

– En relación al aspecto contemplativo de las beguinas, creo que puede vincularse a la

contemplación, al budismo, a las religiones orientales tan en boga hoy.

– Sí, es verdad. El catolicismo, la Iglesia, está en horas bajas, en cambio la gente encuentra

en otras vías nuevas (o viejas?) formas de espiritualidad. Hay también parte de moda en

todo esto, como lo de antes, el vegetarianismo o los veganos, a veces la moda se convierte

en ideología, en forma de vida. Supongo que se debe al anhelo de trascendencia, de

inmortalidad, de un más allá: volvemos a Diotima.

– Eckhart habla del vacío, del no ser.

– Sí, también las beguinas, Margarita Porete habla del desprendimiento de todo, de la

abolición del ser, de la anulación de la voluntad. El alma aniquilada es la que lo ha

abandonado todo, excepto a Dios.

– Santa Teresa deja de ser mística y de tener visiones cuando opta por la vía de las

fundaciones.

– Sí, cierto. Ella no es beguina, hace la distinción entre vida activa y vida contemplativa, entre

Marta y María.27

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