«La responsabilitad Política de los analistas y de los trabajadores de la salud mental respecto a las clasificaciones internacionales tipo DSM».

¿Hay una competencia entre los medicamentos y el psicoanálisis?

Gérard Pommier

Como lo atestiguan la mayoría de los analizantes, la cura psicoanalítica tiene un efecto de

elevación, de estar en las nubes. Quienes no memorizan sus sueños se ponen a soñar

otra vez. Cuando llegan las vacaciones, el recuerdo de los sueños se interrumpe y se

retoma al recomenzar el trabajo de análisis. La transferencia tiene un potente efecto

onírico, hace soñar, y ese efecto alucinatorio es al mismo tiempo el motor de las llamadas

“asociaciones libres”, es decir durante la sesión misma. Las asociaciones que cuentan en

el sentido terapéutico del término no son las asociaciones de pensamientos, sino las

asociaciones de imágenes que se imponen según un proceso pulsional alucinatorio:

llevan las fijaciones sintomáticas corporales al nivel del pensamiento, y en consecuencia,

curan. En ese sentido, la transferencia es en primer lugar una droga, o más bien una

adicción, es decir una producción alucinatoria interna, y no externa (por la compra de un

tóxico). El impacto de lo desconocido de la transferencia hace alucinar, asociar hasta lo

más lejano de la infancia. Sin embargo, la transferencia deja de ser una adicción una vez

que las alucinaciones son retomadas por la palabra que las interroga. Es decir, desde que

la pulsionalidad asociativa del proceso primario es apresada en la fantasmática de la

palabra, que la acopla a los traumatismos históricos pues la libera de sus fijaciones

objetivantes. De ese modo la palabra liga la pulsión – y sus fijaciones sintomáticas- con el

deseo. En efecto la liberación de los traumatismos de la historia libera de una regresión

pulsional del deseo y esta liberación es lo contrario de una droga. Para que se entienda,

esto sucede en dos tiempos. Uno le pregunta al analizante: ¿Qué ve? Se trata del primer

tiempo del shoot alucinatorio (el más específicamente analítico) y en un segundo tiempo

uno le pregunta: “¿Y en qué le hace pensar?”. Entonces el analizante encuentra las

circunstancias históricas de la imagen que le ha venido a la mente, forzosamente

traumáticas puesto que es el traumatismo el que ha impreso la fijación de la imagen. Se

concluirá que la transferencia es por tanto una droga dura, de la que se trata en principio

de “desintoxicarse” y les hago notar que hay que añadir esta característica a la famosa

“reacción terapeútica negativa”, No es sólo porque los pacientes “aman sus síntomas” que

las curas son largas, sino también porque sus analistas no los ayudan a desintoxicarse de

la transferencia. No les hacen la segunda pregunta “¿En qué le hace pensar?, que es

liberadora del shoot alucinatorio. Quiero decir con esto que en un primer tiempo la

transferencia es una droga, y en un segunda tiempo una droga que programa su propia

desintoxicación. Y es así, ya que hay liberación del deseo, al menos en tanto que no está

inhibido.Y como suele suceder, hay que volver a sesión para esnifar todavía una línea,

alucinar y metamorfosear en acción la magia de los sueños.

Lo que acabo de decir no es una metáfora, puesto que se trata del sistema alucinatorio,

que como Uds saben, rige las primeras representaciones del deseo. Por lo tanto, desde

ese punto de vista, nosotros somos dealers (traficantes) en un mercado muy cargado,

donde hay mucha competencia entre numerosos vendedores de sueños, donde se

desarrolla una lucha encarnizada entre las drogas legales y las drogas ilegales, entre los

medicamentos psicotrópicos y los estupefacientes. En el fondo, nosotros estamos en los

dos campos, quiero decir en el límite de la legalidad, pues la transferencia es susceptible

de convertirse en una droga dura, esclavizante. Estamos en esta situación, y bastante mal

posicionados, por cierto. Por todas estas razones, deberíamos prohibir ferozmente la

competencia. Deberíamos impedir que nuestros pacientes no sólo se drogaran con vino,

con café, con cigarrilos, con cocaína, con opio, etc., sino también que tomaran

psicotrópicos, medicamentos que alivian su angustia, puesto que esta angustia es

justamente el motor de lo alucinatorio en la transferencia.

Pero, muy intuitivamente y espontáneamente, no lo hacemos, tal vez porque tampoco

nosotros podemos pasar de las drogas que forman parte de la vida ordinaria de todas las

culturas, las que permiten después de todo soportar la dureza del deseo, su falta deobjeto. Por otra parte, salvo si un paciente llega completamente borracho o drogado a

sesión, jamás pensamos preguntarle si fuma, cuánto whisky bebe, o cuánto vino, etc. Casi

nunca sucede que un analista prohiba totalmente los medicamentos. Digo “casi” porque

en ciertos casos es evidente que hay un error de prescripción. Por ejemplo, cuando a una

histérica un poco despersonalizada un médico un poco ansioso le prescribe

antialucinatorios. Eso hay que detenerlo: la hace engordar y le anula la libido. No vale

realmente la pena. Por tanto, espontáneamente y casi todos, tenemos un actitud de

expectación prudente, contentándonos por ejemplo con aconsejar bajar el consumo,

sobre todo cuando estamos seguros de nuestro diagnóstico y porque, con toda evidencia,

esos medicamentos impiden vivir, memorizar los sueños y además eliminan el deseo

sexual, etc. Y somos tanto más prudentes cuando para algunos pacientes, la medicación

impide la hospitalización, lo cual les permite hacer un análisis. Muchos psicóticos no

podrían hacer un análisis si no tomaran medicación psicotrópica.

Todo lo que acabo de decir constituye prácticamente consideraciones de tacto, de buen

sentido y de prudencia bastante intuitiva, sobre las que espontáneamente están de

acuerdo hoy en día casi todos los psicoanalistas. Han habido excepciones, por ejemplo

un alumno de Lacan, cuyo nombre no diré, que era médico jefe de un servicio de

psiquiatría, y que había prohibido en su servicio toda medicación, a fin de experimentar

los efectos de autocuración por el delirio. El resultado fue desastroso, con casos de

automutilación y autodevoración, además de que fue necesario proceder a utilizar

métodos de contención y de encierro invivibles y de otra época. Por otra parte Freud

jamas dijo que el delirio era curativo, sino que se trataba de un “intento de curación”.

Quisiera ahora plantear una pregunta y deducir las consecuencias. ¿Se puede considerar

que una medicación psicotrópica y las drogas son lo mismo? Desde el punto de vista

molecular estricto, la respuesta es “sí”. Por ejemplo, la ritalina, administrada a 6 millones

de niños en los EEUU, es un derivado anfetamínico, es decir, incontestablemente una

droga. Cuando un medicamento es una droga catalogada desde el punto de vista

farmacológico, los efectos son con frecuencia vecinos. Por ejemplo, la mayoría de los

somníferos tienen con frecuencia efectos semejantes a los de los derivados opiáceos. Un

somnífero tan banal como el Stilnox, por ejemplo, puede tener un efecto disociativo al día

siguiente muy angustioso. Conozco el caso muy reciente de una de mis pacientes. Estos

medicamentos además pueden ser utilizados por los toxicómanos.

Existe sin embargo una excepción cierta a esta generalidad, y son los

antidopaminérgicos, es decir, los antialucinatorios cuyo antecesor es el haloperidol, luego

el terciano, etc., moléculas que son reunidas hoy bajo la siniestra denominación de

“antipsicóticos”. Los toxicómanos no los toman jamás, y ninguna farmacia ha sido

desvalijada para obtenerlos. La razón es simple. Es que estas moléculas tienen efecto

sobre la salida de un proceso de fabricación de dopamina, es decir – en resumen – el

neurotransmisor del goce. Cuando el goce es excesivo, cuando no existe la antipsicosis

del nombre del padre, se desencadenan las alucinaciones. Se trata de medicamentos que

prueban a contrario las concepciones lacanianas de la psicosis. En lo que les concierne,

el principio de acción es claro: se cierra el grifo de la dopamina. Después de eso, la

pulsión se las arregla como puede: por ejemplo haciendo engordar. Por lo tanto, respecto

de este medicamento, estamos seguros de que no es una droga.

Sin embargo, antes del ultimo grifo, la dopamina se produce según circuitos bien

diferentes, ellos mismos opuestos y fabricados en circuitos contradictorios: existen

moléculas, o neurotransmisores que tienen una acción sobre segmentos que son

efectivamente contradictorios. Para que se entienda, hay medicamentos calmantes y

medicamentos excitantes; y ya ven que se puede decir lo mismo de las drogas: hay

drogas calmantes, del tipo opio o mescalina o haschisch, que hacen soñar, y drogas

excitantes, como la cocaína, la cafeína, las anfetaminas. Algunas drogas pertenecen a las

dos categorías al producir un efecto temporalmente espaciado: la nicotina primero escalmante, y luego es excitante. Ya ven pues cómo se puede hacer la distinción entre un

medicamente y una droga, sólo según su utilización. Se puede considerar como un

medicamento una molécula que se toma de manera antagonista al estado actual de la

persona. Por ejemplo, una persona excitada toma un calmante o vino, entonces es un

medicamento. Pero si la misma persona excitada toma cocaína o un medicamento

anfetamínico, entonces es una droga. O bien si la persona estuviera deprimida, sería un

medicamento. ¡Sin embargo se trata de la misma molécula!

Este es un criterio útil porque a partir de allí, se podría tener una posición práctica eficaz,

diciendo que no tenemos nada contra los medicamentos, pero no somos favorables a las

drogas – aun cuando algunas de estas drogas sean productos distribuidos en la farmacia

o en la tienda, porque ese criterio se aplica fácilmente al alcohol y al café. Alquien que

toma vino para calmar su angustia y suprimir sus inhibiciones ingiere ese psicotropo, el

alcohol, en posición antagonista, para superar un momento depresivo. Mientras que otra

persona que bebe el mismo alcohol para desencadenar su sistema de goce alucinatorio

es un toxicómano. Este criterio significa que estamos contra un uso toxicomaníaco,

agonístico, de cualquier sustancia – pero debe entenderse que “estar contra” no significa

prohibir.

La pregunta y la respuesta que acabo de evocar parecen fundadas sobre observaciones

puramente farmacológicas, pero querría decir que no se trata de eso, pues estas

reflexiones se apoyan sobre el funcionamiento psíquico corriente. Si quieren, es lo que

puede deducirse de las observciones de Freud respecto del estado maníaco que produce

sustancias endógenas totalmente análogas al estado de ebriedad etílica. Lo diré de otra

manera : nuestro psiquismo está organizado en una especie de ciclo maníaco-depresivo

que funciona por sí solo, quiero decir casi independientemente de los acontecimientos a

los que aporta su color. El mismo acontecimiento no será vivido de la misma forma, con el

mismo humor, en función del momento del ciclo. Se trata de una constatación de hechos

sobre los cuales podemos dar algunas explicaciones, pues se trata del ciclo de la

subjetividad misma, de su existencia, de su curso siempre precario, y por principio

inestable. Son las condiciones de advenimiento de la subjetividad las que permiten

comprenderlo. Para que haya subjetividad, tiene que haber separación. Duelo de los

determinismos del Otro. Es un duelo primero, correlativo de la represión originaria y

pronunciando la palabra “duelo” no hago más que formular de otra forma lo que conocen

como desamparo, die Hilflossigkeit, es un clásico.

Veamos cuáles son las consecuencias de este “duelo”, término que tiene la ventaja de

relacionarse inmediatamente con esta historia del ciclo maníaco-depresivo, y lo hace por

medio de la palabra “depresivo”, es decir “melancólico”. ¿Cuáles son pues las

consecuencias de ese “Duelo”? No hay ninguna razón para pensar que son diferentes de

las que Freud describe en Duelo y melancolía, es decir, una introyección de lo que ha sido

perdido. ¿Pero qué es lo que ha sido perdido? Pues bien, justamente nada, nada más

que una idealidad totalmente engimática, la idealidad de lo que se hubiera debido ser

para la completud del Otro. Desde el inicio, no es nada, hay que decirlo. Es el “nada” del

“todo”, y de ello sólo puede haber representaciones desplazadas: son los famosos

representantes de la pulsión que han hecho correr tanta tinta. En el fondo, es bastante

sencillo de comprender: se trata solamente de las sensaciones contemporáneas al trauma

“x” del nada que se imprimen por el hecho del trauma de la separación. Y son esas

sensaciones desplazadas las que sirven como material alucinatorio para una reconquista

maníaca sobre el duelo. Ven pues que tenemos así las dos vertientes maníaca y

melancólica de un mismo duelo que recorren trayectos dopaminérgicos diferentes. Es lo

mismo, aunque se trata de versiones diferentes, de las caras bipolares de la misma

montaña. Las dos vertientes producen un shock, engendran cada una sus substancias

endógenas, para enlazar con mi introducción farmacológica. Y pueden observar que la

puerta de salida maníaca es puramente alucinatoria, como para el toxicómano (es decirtodos nosotros en cuanto tomamos un vasito de vino). Es verdad que esta satisfacción

alucinatoria es siempre un desplazamiento, pero como recuerdan, el desplazamiento es el

principio mismo que resulta de una ausencia de objeto del deseo efectivo, y eso desde el

comienzo. El deseo es una causa, y no un objeto. No se puede considerar ese

desplazamiento como “patológico”: es el pathos normal de la existencia. Observen

también que se trata forzosamente de un ciclo: quiero decir que el estado maníaco,

alucinatorio no puede mantenerse en ese estado, y sólo en ese nivel, por el

mantenimiento o no de la alucinación, se plantea la cuestión de la patología. O más

exactamente lo que constituye la eventual patología es la fijación del ciclo en uno de sus

momentos.

¿Y porqué el estado maníco alucinatorio no se mantiene? ¿Porqué recae en el duelo

depresivo? Es porque las representaciones funcionan como la Cosa misma, y que hay

que separarse también de ellas, que sin embargo son en este momento la producción del

sujeto mismo, ¡y de ninguna manera su madre! Como la alucinación del deseo lo realiza,

hay que despertarse, separarse de él. Estamos en exilio constante de nosotros mismos.

Nuestros sueños son nuestro paraíso perdido. El ciclo maníaco-depresivo se vuelve por

principio independiente de su causa desencadenante, pues esta causa es la existencia

del sujeto mismo. El ciclo gira en redondo, se apoya en la ausencia de causalidad del

deseo (es la existencia) y ya no hay como objeto más que la producción de la sustancia

misma.

En principio, es un resultado. Pero como el ciclo gira en redondo, nada impide tomar el

resultado como una causa, y por tanto ingerir sustancias que la reemplacen.

Para encontrar el hilo del comienzo, la sustancia adecuada a cada instante será la que

sea antagonista al estado actual del ciclo. Última observación: este ciclo es relanzado por

el peligro alucinatorio, que es el otro nombre de la pulsión de muerte. Y está bien claro

que esta pulsión de muerte se trata en la normalidad de la neurosis, gracias a ese freno

universal que es el fantasma parricida. Una muerte se intercambia por otra, cada vez en

función de las necesidades de la existencia subjetiva. Pues la pulsión de muerte no es el

resultado del deseo del Otro, sino a título liberatorio, el del deseo del sujeto.

Gerard Pommier

(traducción: Graziella Baravalle)

 

El niño del trastorno

Tristán García Fons

He aquí lo que me dice textualmente, hace solo unos meses, un niño de once años :

“Tomo de nuevo mi Rubifen desde hace tres días. Hay momentos en los cuales me siento

ausente. Es como si me hubiera evaporado, desaparecido… Cuando tomo un

medicamento, a veces me siento más allá de mi concentración. Por ejemplo, si me gusta

una cosa, es como si esta cosa me gustara aún más… sin llegar a estar bien

concentrado”.

Este sobrepasar, este “gustar aún más” que desconcentra, nos hace pensar en el famoso

artículo de Ferenczi que trata de la “confusión de lengua entre los adultos y el niño”.

Existe en la espera de los adultos respecto al niño “rubifinizado”, una demanda excesiva:

hay demasiado exceso, todos se exasperan. Todo el mundo está excitado. El niño es el

reflejo del TDAH (trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad) de nuestro

mundo del zapping.

La psiquiatría actual, la psiquiatría oficial que ha penetrado el discurso social, se interesa

cada vez más en los niños, los clasifica, los evalúa y trata cada vez más a los niños.

Entendemos por “tratar” la inflación de los tratamientos psicotrópicos, y también en un

sentido más contemporáneo, el hecho de que en los recreos escolares en Francia se

utiliza para insultar, ya que el discurso psiquiátrico dominante desde unos veinte años,

que categoriza los niños antes ya del parvulario, constituye no solamente un atentado

contra el pensamiento, representa no solamente la muerte clínica, mas constituye un

atentado a la infancia, un insulto hacia el niño. La infancia no es solamente el lugar de

amnesia del adulto, no esta solamente golpeada por la pasión de ignorancia, si no que es

objeto de un trabajo de aniquilación, de una pasión odiosa, a veces tapada debajo de la

figura del niño abusado o maltratado.

Una barbarie cada vez menos “soft” está en marcha desde hace más de veinte años y ha

construido un “niño-computer” pensado como una suma de programas informáticos, un

niño mecanizado sin pensamiento subjetivo ni historia. Un niño objetivado, con el riesgo

de convertirse en residuo: Es el niño del “trastorno”. Un neo trastorno que deberíamos

escribir entre comillas ya que el trastorno del que hoy hablamos no tiene en cuenta el

significado de estado incierto, impuro, de torbellino, de vacilación, de confusión en el que

un cuerpo se confunde con otro: este “indiscernible” que debería conducir a la

diferenciación, la decantación, la aclaración. La palabra “trastorno” que califica el niño de

hoy, es una traducción de la palabra “desorder” del DSM. El término “trastorno”, utilizado

aquí en el sentido de desorden, de desviación, de disfuncionamiento, ha suplantado los

conceptos de síntoma, de estructura e incluso de enfermedad. El síntoma esta reducido al

signo. El comportamiento, en su apariencia – el signo comportamental más

superficialmente visible, más aislado – toma el valor y una consistencia de realidad

ontológica. El comportamiento es erigido en categoría. Así pasamos de la tos al “tosedor”.

La «novlengua” del DSM inventa un niño del déficit que debe ser normalizado y

“medicalizado”. Cada manifestación fuera de la norma puede ser integrada en una nueva

categoría y en el campo de la minusvalia que está creciendo sin freno. Hay una realidad

de la infancia que quiere ignorar el discurso del mercado mundializado que sueña con un

niño modelo reducido del adulto consumidor o rata de laboratorio naturalizado, y que no

deja lugar ni tiempo, ni libertades a la infancia, es decir, en la posibilidad para el niño de

vivir su infancia. La extensión del dominio del trastorno, que incluye también el campo de

las “dys” (disfasias, dislexias, dispraxias, etc.) donde las patologías son reducidas

solamente a la diferencia con respeto a la norma, a la media comportamental, conducen a

erradicar, a cubrir la profundidad y la complejidad clínica i política de las manifestaciones

significantes y de las crisis subjetivas que pueden ser únicamente transitorias.

¿No os sentís vosotros mismos cogidos, atrapados por el trastorno?

Quiero decir invadidos por el lenguaje del trastorno, el nuevo lenguaje de las neo-

categorías, de los “dis-“, de los TOC, TOP, TED, y otros trastornos del comportamiento ode la conducta. Cada vez es más difícil hablar y pensar sin utilizar esos términos y estas

categorías, sin ceder al deslizamiento semántico que están vehiculando, y que evacuan el

trastorno bien real que puede surgir de la confusión de las edades y de los lugares y

sobre todo el desorden propio a la sexualidad del niño y al sexual infantil del adulto. La

fábrica del niño del trastorno tiene como objetivo ignorar al otro niño del trastorno

referente al sexual infantil, un niño que subvierte la norma y la naturalización en las cuales

se le quiere encerrar. El niño trastorno que perturba, el del TDAH, que se agita, que no

está atento a lo que se le pide, nos cuestiona sobre la posibilidad de vivir una infancia sin

más consecuencia, donde el niño no tiene que ser capaz de responder de sus actos. Este

niño crea desorden. El psicoanalista acoge este trastorno, rehabilita el perturbarse, el ser

perturbado por la infancia. El psicoanálisis se une aquí con una clínica psiquiátrica que

cesaría de ser ciega y sorda, que cesaría de atenerse a las falsas evidencias de la

evidence based medicine” que atrapa el signo más superficial para intentar reducir lo

irreductible de la infancia.

Referente al tema sobre la evidencia de los trastornos, quisiera exponerles una corta

secuencia clínica: Un día recibo en mi consulta un niño y mientras me habla parece muy

agitado. No puede estar tranquilo, se mueve constantemente de la silla, se balancea y de

golpe se cae hacia atrás de su silla. El lector del DSM reconocerá varios ítems de la

hiperactividad y concluirá sin duda a un diagnóstico de TDAH particularmente evidente.

Por lo tanto, lo que es evidente, lo que se muestra aquí y que el proceso diagnóstico del

DSM no percibe, es otra cosa. De la misma manera que Freud ve en la agitación

incomprensible de la histérica lo que ella muestra como síntoma : una enferma que a la

vez “con una mano aprieta el vestido contra el vientre (en papel de mujer) y con la otra

intenta arrancarla (en papel de varón)” [Las fantasías histéricas y su relación con la

bisexualidad, 1908], de la misma manera pues, que la observación freudiana no deja de

ver lo que se muestra, yo noto que lo que mi joven paciente me muestra es una caída,

que se cae, y así me pone en la posición de preocuparme de su caída, y ello hace

referencia a lo que sabré de su historia marcada por el abandono.

Con ese ejemplo clínico, entendemos que el comportamiento es complejo y dice algo

cuando uno lo mira y lo escucha; cuando uno tiene en cuenta la dimensión de

transferencia presente en la clínica. Pero además, lo que me hace pensar esta secuencia

clínica, es que el discurso del DSM deja caer el niño sin verlo. Y eso me parece un

peligro para la cultura.

El DSM ha invadido actualmente el discurso social y no incumbe solamente a los

profesionales. Las controversias científicas de hoy se extienden también en el campo

social, en el terreno de los medios de comunicación, y las categorías del DSM son sujetos

de campañas de marketing y de lobbying. El DSM provoca trastorno y confusión,

mezclando distintos niveles que tendríamos que evitar de confundir: los referentes a la

clínica, a la investigación, a las estadísticas epidemiológicas, a la salud pública, y también

de su utilización ideológica y política para la gestión económica de los centros de salud y

para el control de las poblaciones. Existe pues una responsabilidad ética actual por parte

de los psicoanalistas que no deberían refugiarse en una extra-territorialidad fáctica y que

tienen más todavía hoy, que situarse en el discurso social, a transmitir lo inesperado de su

experiencia y de la palabra de sus pacientes. Para que los sujetos de hoy, pequeños o

mayores, puedan encontrar con quien hablar.

Tristan Garcia Fons

Umbral
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