UMBRAL- PRESENTACIÓN DE LA CLASE 18 DEL SEMINARIO 6 “EL DESEO Y
SU INTERPRETACIÓN”, DE J- LACAN
Ps. Laura Frucella
¿Qué relación existe entre el fantasma ($ ◊ a) y el duelo? Esta es la pregunta que
domina el desarrollo de la clase 18 del Seminario 6. Valiéndose de Hamlet, Lacan
dialoga con la teoría freudiana del duelo, interroga el sentido del término
“incorporación” y cuestiona la división tajante entre el llamado “duelo normal” y el
“duelo patológico” propio de la melancolía, pues en la estructura del duelo fundamental
-el que atañe al falo- hay un estrecho parentesco con la psicosis. Examinaremos estas
ideas.
Quiero partir de algo muy notable en este capítulo, que, a mi modo de ver, excede una
cuestión meramente terminológica. Se trata de la homonimia , en este caso homofonía
y homografía, de la palabra castellana “duelo”, que como ustedes saben, tiene dos
sentidos:
– el de “dolor, aflicción” ante una pérdida (muerte de un ser querido en la mayoría
de los casos). En este caso el término deriva del latín dolus, dolor
– el de un enfrentamiento entre dos personas a consecuencia de un reto, un lance
de honor, y en ese caso se deriva del latín duellum, que es guerra, combate. En
este segundo caso, además, por una cuestión de transformación popular de las
palabras, algo de “dúo” (dos) se introdujo, de modo tal que quedó la palabra
duelo asimilada a un enfrentamiento entre dos.
Al margen, otra aclaración terminológica, y esta la apunta Jean Allouch:
En francés hay una sola y misma palabra, “deuil”, para expresar el dolor de la pérdida y
lo que en castellano llamamos luto, que corresponde a los signos exteriores, los rituales
de orden social que suelen llevarse a cabo ante el duelo. Cuando Allouch habla de “la
muerte seca”- en su libro “Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca”, se refiere a
la muerte sin luto, aquella que, por una u otra razón, no ha podido ser abordada desde
los ritos significantes.
Respecto de la homonimia en la palabra duelo, señalaré dos cosas.
» 1-Cada vez que aparece la palabra “duelo” en los capítulos del Seminario 6 en castellano
que tratan sobre Hamlet, corresponde a uno u otro sentido, siendo que, si lo leemos en
francés, tenemos deuil para el duelo (pérdida) y duell para el duelo (enfrentamiento).
– Me interesa hacer de esta homonimia el eje por donde transcurre este Capítulo 18 del
Seminario 6, puesto que, podríamos decir, Lacan se dedica la primera parte de la clase
al duelo en el sentido de enfrentamiento de Hamlet con Alertes –en francés diríamos
duell- y la segunda parte se aboca al duelo como pérdida –deuil-, al que considera
condición del establecimiento de todo fantasma, en este caso, respecto del lazo de
Hamlet con Ofelia.
¿Dónde se ubican los dos “duelos” en el grafo?
Según Allouch, Lacan se sirvió de la tragedia de Hamlet para perfeccionar el grafo, pues
se le hace muy adecuada para la ubicación de determinados elementos
– en el “piso superior”, el de lo simbólico, relacionado con cuestiones que atañen
a la pulsión, ubica la Demanda, el deseo de la madre, el mandato del padre
muerto, esa falta en el A (significante de la falta en el A) que no puede dar
respuesta a la pregunta Che vuoi
– en el “piso inferior”, agresividad que genera el semejante
el de lo imaginario, sitúa el yo, la imagen del otro, la
– el fantasma queda alojado en la intersección de lo imaginario y lo simbólico o,
como dice Lacan, en el cortocircuito imaginario de ese Sujeto que está afectado
por el significante pero tomado en una coyuntura imaginaria.
– El duelo (enfrentamiento) de Hamlet y Laertes, lo ubicamos en el piso inferior, el de lo
imaginario, el que relaciona al yo (moi) con la imagen del otro i(a).
– El duelo en el fantasma lo ubicamos, como decíamos antes, luego de haber agregado el
signo de interrogación al grafo, en la intersección entre los dos pisos, cuando a la
pregunta Qué quieres se le da una respuesta que involucra lo imaginario y el pequeño a.
Como dice Allouch, la línea del deseo que apunta al fantasma ($ ◊ a), cuya condición es
un duelo previo, es homóloga a la línea del duelo (enfrentamiento) que va del yo a la
imagen del otro.
Lacan comienza la clase repitiendo cosas que ya ha dicho: Hamlet no puede soportar la
cita, que es demasiado pronto para él, entonces no actúa, retarda, procrastina. Pero al
contrario, cuando si actúa, lo hace precipitadamente, como cuando asesina a Polonio
que se oculta tras el tapiz, o cuando sustituye el mensaje que tienen Rosencrantz y
Guildenstern, por lo cual se salva él pero hace que los maten a ellos. Acá insinúa algo de
una fenomenología de la neurosis bastante presente en la experiencia analítica –se
» 2refiere a todo el tema del pasaje al acto y el acting out en el obsesivo, tema que ha
tratado extensamente en el Seminario 5-.
Lacan en esta clase esboza la serie de los semejantes, más o menos idealizados, más o
menos susceptibles de colocarse en el plano del i(a), matriz de la constitución del yo
(moi). Rosencrantz y Guildenstern (provoca su asesinato sin rastro de culpa alguno),
Fortimbrás (idealizado, al conducir a sus soldados a la guerra por un trozo de Polonia) y
especialmente Laertes (también idealizado por su valentía y su decisión de vengar el
honor de padre y hermana). Profundiza en la figura de Laertes para retomar lo referente
al estadio del espejo y a ese eje de lo imaginario que va del i(a) al yo (moi).
Recordemos la frase de Raimbaud, Je est un autre y su utilización por parte de Lacan
para caracterizar el estadio del espejo – Lacan la convierte en Moi est un autre –
Entonces, Fortimbrás, y luego Laertes, corresponden a la imagen del otro i(a), imágenes
especulares que le permiten pensar a Hamlet cómo resuelven ellos estas cuestiones “de
los pisos de arriba”: el valor de la vida y la muerte, la valentía, el honor, y por supuesto,
ese A que los demanda a todo ello. Se auto arenga: “La menor ocasión me acusa.
Aguijonea mi venganza que se adormece. Qué es un hombre si su felicidad suprema, si
el empleo de su tiempo está solamente en comer y dormir?” “¿Qué soy si mi padre
muerto y mi madre mancillada, dos motivos, mi razón y mi sangre dejan todo dormitar
…”
Fijémonos en la idea de adormecerse, dormitar … como si él mismo necesitase
fustigarse con esas demandas del gran Otro para no seguir procrastinando, para no
abandonar el plan que le es encomendado desde lo alto.
El eje del duelo/duell, que enlaza a Hamlet con Laertes en una relación especular, donde
se producen reacciones en espejo, es entonces el eje de la agresividad. Cuando Hamlet
ve a Laertes en la tumba de su hermana, queda desencadenada la tensión agresiva. Aquí
Lacan trae a Hegel y su idea de la lucha por el puro prestigio, donde se combate a aquel
que más se admira pues no puede haber coexistencia del yo y el semejante a nivel del
narcisismo.
Entonces la escena del cementerio es importante porque desencadena dos movimientos
simultáneos:
– Por un lado, la recomposición del fantasma que se había dislocado en el momento en
que Ofelia es rechazada, por encarnar en sí el falo y con ello todo lo relativo a la
feminidad repudiada, en la línea de una madre como Gertrudis. Ya lo veremos luego,
pero hay una gran diferencia entre ser ese falo (rechazado) y alojarse en el lugar
iluminado por el falo en tanto objeto pequeño a relacionado con el sujeto en el
fantasma, en la línea del deseo.
– Por otro lado, queda establecida la tensión agresiva con respecto a Laertes, pues entre
los dos está Ofelia como objeto amado. Los celos del duelo: Hamlet no puede soportar
» 3la parada, la ostentación del duelo por la pérdida de Ofelia que hace Laertes. Por una
vez, dice Lacan, en ese mundo de Hamlet donde hombres y mujeres no son más que
sombras pútridas, un hombre ciertamente admirado, Laertes, toma para Hamlet la
consistencia de un rival de su talla. Creo que si tuviéramos que ordenar esas dos
consecuencias de la escena del cementerio, este punto sería causal respecto del
restablecimiento del fantasma: la escena de los dos rivales comparando su dolor por la
pérdida de un objeto amado, Ofelia, hace de nexo a nivel de lo imaginario para esta
recomposición.
Sobre el tema del duelo (enfrentamiento) entre Hamlet y Laertes hay más cosas. Si bien
no lo trabaja especialmente, no queda eludido el tema de la ambivalencia entre ambos,
pues esa relación especular no es puramente agresiva sino que se inscribe en un lazo de
amor/odio: “Eh, señor, qué hace que te conduzcas de ese modo conmigo. Yo que te he
amado siempre”.
Hay más cuestiones, está el juego significante de la palabra foil, que es florete y folio,
estuche, y que Lacan lo remite al falo.
Lacan dice que Hamlet a esa altura está maníaco, hace juegos de palabras, retruécanos,
encuentra la posibilidad de hacer brillar la chispa de sentido a cada ocasión.
Y otra cuestión (antes de entrar en el duelo y el fantasma): Lacan dice que la tragedia de
Hamlet permite todo un recorrido de las funciones del objeto. Tenemos entonces ese
objeto semejante/rival de la línea del yo y la imagen, i(a) –en este caso, Laertes-,
tenemos el objeto de deseo en el fantasma -en este caso Ofelia- y también, y es
importante por ser la primera vez que Lacan usa la expresión “objetos a” (antes decía
siempre el pequeño a), los objetos de valor que se apuestan en el enfrentamiento: los
caballos, las espadas, los puñales, toda esa “panoplia” de objetos que están ahí con todo
su brillo, que pertenecen al mundo del deseo humano y que están puestos en una
balanza frente a la muerte.
Ahora sí, retomemos el tema de la recomposición del fantasma en la escena del
cementerio.
Repentinamente, Ofelia se había vuelto rechazada. Pero en ese rechazo por parte de
Hamlet iba el rechazo de todo su deseo. Una vez Ofelia muerta –cuestión que Hamlet
percibe claramente sólo por intermediación de Laertes- una vez vuelta ya objeto
imposible, vuelve a ser objeto en su deseo.
Aquí Lacan hace una aclaración, para que la consecuencia de esto no sea rápidamente:
Hamlet es un obsesivo (sabemos que ya ha dicho en el Seminario 5 que el deseo en la
histeria se define por su insatisfacción, y en la neurosis obsesiva, por su imposibilidad).
Dice entonces que lo imposible es en general un aspecto del deseo humano. En el caso
del obsesivo, su especificidad es que este pone todo su acento en el encuentro con la
imposibilidad. Pero aquí se trata, dice Lacan, de algo más profundo, y es de algo que
atañe al deseo en general, y de alli su relación con el duelo.
» 4Toma “Duelo y melancolía” y se pregunta de qué se trata ese intento de incorporación,
esa identificación del yo con el objeto perdido de la que habla Freud, que se daría
cuando el duelo normal no es posible y se instala un proceso melancólico.
Respecto de la identificación, Lacan considera que para elucidarla habría que tratarla en
los tres registros, y que es lo que va a hacer en el Seminario 9.
Recordemos la síntesis del argumento de Freud en “Duelo y melancolía”.
Respecto del duelo normal dice que “no hay nada inconsciente en lo que atañe a la
pérdida”. El examen de realidad le demuestra al sujeto que el objeto amado ya no existe
más y, aunque al principio es renuente a abandonar sus lazos libidinales con él,
finalmente el yo elige no compartir el destino funesto de su objeto –elige en beneficio
de las satisfacciones narcisistas que le otorga el hecho de estar con vida-. Por lo tanto,
luego de un tiempo el duelo queda realizado y el objeto puede ser sustituido.
En el duelo patológico o melancolía, el yo querría incorporar canibalísticamente al
objeto –regresión a la fase oral de la libido- y de ello resulta una identificación del yo
con el objeto. Así, la sombra del objeto perdido cae sobre el yo, y todos los reproches
que se le hicieran al objeto son realizados ahora al yo, que muestra un desagrado moral
consigo mismo.
Un tema interesante de articular, en relación a esto, es el del suicidio, especialmente con
respecto a Hamlet, que lo considera como una posibilidad, sólo lo descarta porque la
religión lo condena. Freud dice, respecto al suicidio, que corresponde a la vuelta sobre
sí mismo del impulso de matar a otro, es decir, la hostilidad que dirige sobre sí mismo
está en realidad dirigida al objeto. Acá podríamos pensar en un duelo melancólico, el de
Hamlet por su padre (ciertamente es un duelo no realizado a nivel de los ritos
significantes, aunque se hayan celebrados funerales, pues lo que no permite realizar el
duelo es la trama secreta de su asesinato que no sale a la luz ni tiene condena para el
asesino). La aparición del fantasma del padre, si lo pensamos como alucinación, podría
asimilarse a esa vuelta en el plano de lo real de lo no cumplido a nivel simbólico, tal
como ocurre en la psicosis, según Freud, por el mecanismo de la psicosis, verwerfung
(repudio).
Y justamente eso es lo que va a desarrollar Lacan ahora.
Retomando el tema de Ofelia, ella, en tanto objeto perdido, ha pasado a tener una
calidad de existente absoluto por el hecho de no corresponderse con nada de lo existente
(algo aproximado a cuando se dice de un muerto, “pasó a la inmortalidad”). Y esta
forma de existencia absoluta que otorga el hecho de su inexistencia es precisamente el
agujero en lo real del duelo.
Entonces volvamos a la verwerfung, forclusión en Lacan. Se trata de una falla en lo
simbólico que produce el retorno sobre lo real (alucinación).
» 5La pérdida del objeto amado es justamente su inversa: un agujero en lo real que va a
proyectar un significante a nivel simbólico. He aquí el parentesco entre la psicosis y el
duelo, y acá evoca el ghost del padre de Hamlet, lo que decíamos antes.
Lacan dice que ese significante que se proyecta en lo simbólico a partir de un agujero en
lo real es (a), y que corresponde a ese significante de la falta en el Otro, S(A barrado),
ese cuya ausencia vuelve al Otro impotente para dar respuesta, pero, dice, es el falo
bajo el velo.
Aquí vendrá luego toda la complicación de las categorías de la falta, que se tratan en la
clase siguiente, y yo creo que habrá que ver si se trata de privación (falta en lo real de
un objeto simbólico) o de castración (falta simbólica de un objeto imaginario, será ese
“falo bajo el velo”).
Por lo pronto, en esta clase Lacan se queda en esta idea: los ritos funerarios permiten
tratar ese agujero en lo real por la vía del significante, la vía simbólica. Esto, lo
considera a nivel del sujeto pero también de las comunidades, que ponen en juego todo
su sistema significante alrededor del mínimo duelo. Por eso, cuando este duelo no es
satisfecho, se dan estos fenómenos del ghost, alucinaciones con el fantasma, y ahí ubica
la “ofensa inexpiable” tanto del padre de Hamlet como de Polonio, cuya muerte
silenciada (el cadáver ocultado) desencadena más tragedias (el suicidio de Ofelia, y el
reto de Laertes a Hamlet).
La relación del duelo con la posibilidad de reconstitución del fantasma es explicada por
Allouch de este modo: en la escena del cementerio, algo del duelo se produce para que
Ofelia pueda colocarse en el lugar de pequeño a. Ofelia había sido rechazada en tanto
falo. Al cesar en su rechazo, Hamlet opera un sacrificio: dejar de ubicar a Ofelia como
falo es la consecuencia del sacrificio del falo por parte de Hamlet, ya no sólo a nivel
simbólico –castración- sino también a nivel real –privación-. Ese sacrificio es lo que
permite que Ofelia vuelva a alojarse en el fantasma, no ya como representante del falo
sino como marca, indicio, cristalización del sacrificio del falo. En ese sentido, como
decíamos antes, ella recibe la luz –y no el rechazo- de ese falo ausente, pues el lugar
queda iluminado por ser aquello donde hubo falo y ahora hay sacrificio. Donde hubo
falo, pequeño a debe advenir.
Todavía algo más:
Allouch en su libro apunta las diferencias entre el duelo en la mirada freudiana y la
teoría del duelo que puede deducirse de las formulaciones lacanianas.
En Freud, un duelo normal haría al objeto completamente sustituible. En Lacan, la
pérdida no atañe sólo a ese individuo (1) que se pierde sino también al pequeño trozo
del Sujeto que se lleva el muerto, y lo escribe ( 1+a ). Ese pequeño trozo, Allouch lo
asimila al objeto (a).
» 6De este modo, y también en consonancia con lo que veníamos trabajando antes acerca
de la relación del duelo y la psicosis, para Lacan no habría esa división tajante entre
duelo normal y melancolía.
Me interesa agregar algo más, ya que este espacio se llama “El psicoanálisis y sus
psicoanalistas”, cosa que yo interpreto como la posibilidad de hacer oír las voces de
autores que pensaron en relación al psicoanálisis, y no sólo la voz de Lacan.
Normalmente me intereso por la producción de Derrida, que si bien no era psicoanalista,
dialogaba permanentemente con el psicoanálisis, realizando aportes valiosos. Por un
lado, el tema del ghost en Hamlet es algo que trata extensamente en Espectros de Marx,
pero es un tema que lleva a otras cuestiones, así que no lo abordaré.
Pero sí me interesa algo que yo interpreto de alguna manera como una forma de
entender la cuestión del duelo no tan alejada de esto que decíamos recién, la
imposibilidad de un duelo totalmente exitoso en tanto el sujeto que sufre una pérdida,
pierde no sólo ese ser querido sino esa parte que tenía con él, el objeto (a).
A Derrida siempre le interesa desarticular las oposiciones binarias; en lugar de una
oposición tajante, Derrida pretende instaurar lo que llama la differance, por lo cual uno
y otro término de la oposición son lo mismo diferido, espaciado, lo mismo en
diferencia. En este caso, la cuestión del duelo normal, cumplido, y el duelo patológico,
melancólico, le interesa en tanto, en su reflexión filosófica, atañe al tema de la relación
del sujeto con el otro, es decir, con la alteridad: le importa diluir la oposición yo/ otro y
a la vez la oposición dentro/fuera.
Para desmontar esta oposición, Derrida recurre a dos psicoanalistas que siguen a
Ferenczi y a Klein, Nicolás Abraham y María Torok, que en los sesenta escribieron un
libro precisamente sobre el duelo que se llama “La corteza y el núcleo”. Aquí ellos
retoman la idea ferencziana de la “cripta”, que en realidad es un espacio arquitectónico
donde se enterraban a los fallecidos. La cripta sería ese espacio de la incorporación,
donde el objeto perdido está a la vez “in-corporado”, en el cuerpo del que sufre la
pérdida, pero en un espacio exterior a él, donde no llega a asimilarse por completo,
como ocurriría en un duelo exitoso. Está a la vez perdido e imposible de ser perdido,
puesto que la cripta subsiste como un espacio a la vez interno y externo, propio y ajeno.
DATOS DE LA AUTORA
María Laura Frucella es psicoanalista y escritora. Nacida en Rosario, Argentina,
graduada con el título de Psicóloga en la Universidad Nacional de Rosario, y el de
Especialista en Psicología en Educación por la misma Universidad. DEA en
Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Docente-investigadora categoría “D”en las cátedras “Epistemología” y “Residencia
Educativa de pre-grado” de la U.N.R. desde 1995 hasta 2002.
» 7Reside en Barcelona desde 2002. Ha publicado artículos sobre Educación, Psicoanálisis,
Filosofía e Investigación en publicaciones académicas (revista Diosa Episteme, revista
de la Facultad de Psicología de la U.N.R, revista Acheronta, entre otras). Cuenta con
capítulos de libros publicados – en el volumen colectivo “Analizando el cuerpo”,
Editorial S&P-, y poemas y cuentos en diferentes antologías, así como un volumen de
relatos, Cuentos de aquí y allá , Ed. Homo Sapiens, Rosario.
Actualmente trabaja en su Tesis de Doctorado sobre psicoanálisis y deconstrucción. Es
miembro de Psicoanálisis y Sociedad (P&S) e integrante del Equipo de Coordinación de
la red Umbral.
Contacto: lfrucella@hotmail.com
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